Loja cuna

Tras los ventanales de las casas tradicionales lojanas se encuentran los lustrosos muebles de esterillas, los mismos que el señorío abuelo seguramente importó de Viena; armarios y guardarropas que albergan viejas carcomas; anaqueles que terminan en capotes donde se guardan los libros de Cervantes o del Cid, los breviarios y novenarios, crónicas, devocionarios y otros que la intransigencia puso en el índice en los tiempos post inquisitoriales. Han quedado los candelabros de diez brazos y botones de metal, arañas de vidrio en colores, gobelinos de Francia y muebles butacones para beber vino. Sin embargo, se han muerto: los tilingos y las campanillas, los gregüescos bordados y las cazoletas repujadas. La filiación colonial les hace vivir en el vacío tradicional con sumisión a tres poderes: dinero, nobleza y confesión. Quieta ciudad regida por un horario de maitines. Paz propicia para la meditación. Las plazas grandes de antaño hoy son parques; parques estrechados por las principales familias.

La casa obispal repleta de azulejos, hecha con dinero de Munich para orfelinatos. En los atrios de las iglesias, junto al chismorreo, entre humos de fritanga y empanadas, se organizan las procesiones y los encuentros políticos. El parque principal exalta la opresión de que se ha nutrido la opulencia morada de la clerecía. Bulliciosas rocolas recuerdan, malamente, a las danzas y canciones globalizantes.

La ciudad se ha roto pasando los puentes Bolívar, Santa Rosa y Alonso de Mercadillo. El progreso está asesinando a los caudales del Malacatos y del Zamora, ahora amurallados, como la adolescencia en la tecnología. Loja empieza a democratizarse. Muchos hijodalgos han salido por las puertas falsas de sus mansiones. Hasta ayer era un almácigo de mitos formados por los soñadores de botines y fabuladores de sus lejanas patrias.

Los barrios residenciales son una reminiscencia gallega y norteamericana. No vuelven los hombres de mundo a vender caballos; los que roban niños y hablaban con Satanás para alejarse más de Dios.

Si un turista llega, encontrará que Loja es una ciudad alegre. El lojano de cabecera trabaja y se divierte; ama el esfuerzo como la música, el verso y el goce sensual. Pero sus venas no contienen nada de la alegría mediocre y trivial costera o afro; es una alegría espiritual, optimista, como la del norte andino, la que enseña a amar más a la vida; alegría de canción, de emoción, de valle, de meseta y río. Alegría unida a la estirpe; alegría vivida en Cantaclaro y Punta.

Loja vive de valores pasados, atenuando el sentido materialista de la vida, con sus valores tradicionales y con la esperanza de las nuevas generaciones; vive de sus paisajes, de la originalidad de su agro, con el Alma Lojana confundida, con el parentesco del idioma que les hace pensar, sentir y proceder.

Provincia confundida e inquietante. Es necesario trajinar por todas sus mesetas para saber lo que vale y experimentar emociones. La copla popular es el ligamento del pueblo a la literatura moderna y tradicional. Tantas callejas arcaicas, tantas capillas e iglesias que no admira el turismo pero que le dejan impresionado: el silencio, la modestia y la soledad.