Hablando de la navidad

P. Milko René Torres Ordóñez

La Navidad de cada año es única y diferente. La vivo con matices y signos que se convierten, con el paso del tiempo, en un archivo afectivo que permanece guardado en el lugar más sensible del corazón, en el espacio en el que el amor oblativo es el rey que cuida y gobierna el pasado, el presente y el futuro de la vida. Puede suceder, a veces, que las buenas intenciones se vistan del color de la locura. De suyo, vivir la vida con mucho desparpajo, es conveniente y necesario.

En este tiempo navideño despertamos a los sueños, adoramos la niñez, volvemos a pensar en todas las metáforas posibles de animales y personas que nos traen, gratuitamente, pero con un costo muy alto, sin contradicción, ilusiones de todo tipo. Endiosamos, casi, la simbología de Noel, a quien el mundo consumista ha bautizado y confirmado, como el sucedáneo que trae todo, regala todo, ríe con todos, juega con los pequeños y con los viejos, como un papá. Una Navidad teórica, extraña en las páginas bíblicas. Fría, como el invierno en muchos países. Nada solidaria con los hombres que todo el año tienen, sin tener, sueñan, sin soñar, comen si comer.

La Navidad que todos queremos, todavía no llega, aunque parezca paradójica esta sentencia. Todavía me impresiona la imagen del verdadero pesebre judío en el que nació Jesús, el Cordero sin Mancha, envuelto con telas que lo protegían del frio, lo llenaron de calor, de amor, gracia, encanto y compañía. El niño recién nacido, rey eterno, frágil y fuerte, humilde y altivo, pobre y poderoso. El Jesús migrante que queremos recibir en este tiempo-convulsionado, pandémico, materialista- es el que necesito. Admiro a José, varón justo y visionario, enamorado de María, la virgen desposada con él, del linaje de David. Entiendo la prontitud de los pastores cuando llegan a su lugar común, su casa, el establo, con sus animales, al pesebre. De ellos me conmueve su derecho a la resistencia, un concepto pisoteado hoy, su libertad, sorpresa, realismo y signo. Los ángeles en el cielo pregonan la gloria de Dios y la utópica paz de los hombres de buena voluntad en la tierra. Una Navidad contradictoria entre los sabios de oriente-reyes magos- y la voracidad emblemática y hitleriana de Herodes. Una estrella que guía a la humanidad hacia Belén, la casa del pan, la casa del amor, la que va y viene, que se detiene, ilumina el camino correcto, como un peregrino que busca a Dios en todas partes. La Navidad que me llena es la de Rosita, anciana y enferma, recluida en un Hospital, rebosante de miseria, soledad y escasa compañía. Para ella, la verdadera Navidad llegó como un bálsamo a sus riñones destrozados, en un campo diabético, minado e insultante. Quiero celebrar, como muchos, una Navidad real. Con José, Jesús y María, en la periferia de un establo mudo, con la luz desbordante de la gloria divina. Con los pecados de cada día. Con la misericordia infinita de quien sabemos que nos ama.