Estrella, Jesús, sabios

P. Milko René Torres Ordóñez

 “Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con Maria, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino” (Mt. 2, 10-12). El texto que he citado, casi literalmente, es fruto de la espiritualidad mesiánica de san Mateo, cristocéntrica y salvífica, propia de los llamados “Evangelios de la Infancia”.

En la visión sinóptica, sumada a la de san Lucas, podemos leer y releer, una y otra vez, con mucho colorido los primeros momentos de la vida de un recién nacido, Jesús, luz de las naciones y gloria de su pueblo Israel, según la profecía de Simeón. No voy a detenerme en Herodes, clásico personaje romano, nefasto para nuestra historia de fe. Nos encontramos ante una singular página teológica que encontró en el texto del profeta Miqueas (5,1) la prefiguración de Jesús como Mesías, por su nacimiento en Belén. La complejidad de este relato lo hace único en su expresión y sentido. Sin embargo, nos deja varias preguntas: ¿Qué papel desempeñan los magos? ¿No convendría hablar de sabios? Aquellos personajes, ajenos a nuestra fe, buscan e interpretan los signos de los tiempos y aceptan al niño de Belén como la luz. Es verdad que los textos de Mateo, como los de Lucas, no pueden haber sido escritos sino después de que las comunidades cristianas proclamaran a Jesús resucitado. No podía ser de otra manera.  

Desde el significado de la fiesta navideña es mucho más iluminador leer el texto sin buscar muchas coincidencias históricas. Nuestro relato se ha escrito teniendo en cuenta al profeta Balaam. Se trata de un extranjero llamado por Balac para maldecir a Israel. Sucede lo contrario: lo bendice anunciando la estrella de Jacob. El texto de Is 60,6 con los camellos y dromedarios cargados de dones que vienen a Jerusalén y el contenido del Salmo 72 sobre los sabios de países lejanos, tuvo que formularse de esta forma y, así, expresarse simbólicamente. Si los cristianos aceptamos a Jesús como el Mesías verdadero, el que trae la salvación a todos, no hay más gozo que releer la Escritura para disfrutar de su mensaje. Hace pocos días nos embarcamos en el tren de la vida y hemos detenido nuestro viaje en esta emblemática estación.

No cabe ninguna duda que, en este nuevo año, tenemos que actualizar los signos de los tiempos. Valorar la vigencia y la necesidad de la estrella como portadora de paz y bien. La luz, señala san Juan, vino al mundo. Debe ser acogida. Reconocer la sabiduría de los distinguidos visitantes. Recibir y compartir sus regalos. Los necesitamos para un nuevo periplo en el tren del amor divino. Dios nos bendiga.