Una vez que se acepta la realidad ¿qué sucede?

David Rodríguez

Pues nada. Estamos tan sumergidos en este trayecto que, si toda la información estuviera escrita en negro sobre blanco, jamás hubiera sido leída. El mundo de hoy se ha convencido de que necesita velocidad, rotación, efectos especiales, 3D y polémica. Las empresas quieren y brindan encuestas, comodidad vana, sexo, multinacionales y drogas. Se exigen drogas, porque se han vuelto adictos. A la mínima muestra de relajación, nuestra mano, en un gesto automático, desbloquea el teléfono como presionando el botón de morfina.

Vivimos carentes de perspectivas y soluciones. Conocemos el qué, el cuándo y el cómo, pero no el por qué o él para qué. Todo esto se ha convertido en una carga que viaja con la sociedad y va cubriendo todas esas necesidades tecnológicas de comunicación y documentación, pero sin lugar a duda, va convirtiendo a las personas, sus experiencias vitales y sus procesos mentales, en materia sintética, reciclada, homologada y compatible para un camino que ya está trazado y señalizado. Es legal recorrer ese camino, pero estoy seguro de que para algunos ese camino recto y cuesta abajo no es para ellos, ni para las personas que les rodean.  

El problema radica en que el mundo se mueve tan rápido que todas las soluciones se las quiere de forma inmediata y a la carta. Se ha desarrollado una cultura de la cero tolerancia a la frustración, pero esto sólo evidencia lo necesario que resulta el soltar pesos innecesarios.

Si hemos entendido la necesidad de caminar, hemos comprendido la naturaleza humana que implica, en su espectro más sano y lleno de vida, tomar decisiones, elegir y estar en movimiento en un proceso evolutivo que deseablemente se quiere llevar más allá de las etapas biológicas básicas de nacer, crecer, reproducirse y morir.

Vincular el hecho de caminar, al hecho de estar despiertos; es en gran parte una misión orientada a disfrutar más y a darle sentido a nuestras existencias. Un sentido que podemos aceptar y dar forma a beneficio, que podemos moldear a nuestra imagen y semejanza, pero para ello tenemos que conocernos. No es fácil hacer un retrato de nuestras voluntades y nuestras intenciones, sí sólo conocemos uno de nuestros perfiles, o si nos miramos únicamente en espejos domesticados y en autorretratos digitales retocados.

Antes de empezar a caminar es urgente identificar pesos, como obstáculos, que nos anclan al punto de salida. Uno de esos elementos es el celular. Esta herramienta, es un elemento múltiple que no sólo nos condena a estar disponible 24/7, sino que nos pone el yugo del calendario, del horario, de la conexión en tiempo real con la consecuente devaluación del concepto de urgencia y necesidad. El teléfono incluye las redes sociales, lo cual abre un paréntesis en el que se puede meter la distorsión cognitiva, real y social de un mundo de postales, de caras felices y vidas de éxito, guionizadas por personas durmientes, y cerrando el paréntesis de la gran mentira, de la gente que no sabe utilizar las redes sociales, porque tampoco se trata de satanizar el instrumento; en este punto me refiero a la gran mentira de la posverdad, a la mentira de las cosas que nos dicen cómo ciertas, es decir la prensa y la sobre información. Ya he expuesto un sin número de herramientas y mecanismos que han convertido a la sociedad en lo que es, personas dispersas. Pero entonces… ¿cuál es la solución?