Todos somos el mundo

 P. Milko René Torres Ordóñez

Hemos iniciado el tiempo de Cuaresma. Hablo en plural porque lo que enseña la Iglesia a partir del miércoles de ceniza incluye a toda clase de personas, creyentes o no. La imposición de la ceniza, unida a las palabras que acentúan su significado, influye sobremanera en el comportamiento de cada ser humano: “Recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás”.

El término “polvo”, avaq, en el hebreo bíblico, puede traducirse como “tierra seca”, o, “mortero de barro”. Simbólicamente, echarse polvo en la cabeza, era una señal común de duelo o arrepentimiento (Job 2,12). Vivimos tiempos difíciles, apocalípticos, con amenazas serias sobre el presente y futuro de la humanidad. La paz, tan amada, es vulnerada. La dignidad del hombre es pisoteada. Surgen, en este tiempo, cuestionamientos existenciales, como éstos: ¿A dónde nos lleva el ímpetu hitleriano, que cobija al ruso, del poder? ¿Somos testigos de una hecatombe mundial? Una señal de arrepentimiento, un clamor que nos recuerda que somos hermanos. Que no debemos matarnos. Venimos, según el segundo relato de la creación del hombre, narrado en el libro del Génesis, del polvo de la tierra. La relación entre el hombre, a quien Dios le infunde el aliento de vida, su espíritu, y la tierra, que es su paraíso, va más allá del hermoso simbolismo. Unidad que se convierte en indisolubilidad. El hombre, en complicidad consigo mismo y con sus intereses más bajos, no puede destruirla. El profeta Isaías (58, 1-9) habla con fuerza de la urgencia de volver a recuperar nuestra identidad como hijos de Dios: “Grita a pleno pulmón, no te contengas; alza la voz como una trompeta, denuncia a mi pueblo sus delitos, a la casa de Jacob sus pecados. Consultan mi oráculo a diario, desean conocer mi voluntad. Como si fuera un pueblo que practica la justicia y no descuida el mandato de su Dios, me piden sentencias justas, quieren acercarse a Dios”. En este tiempo de Cuaresma el ayuno marca, con mucha certeza, la hoja de ruta que el hombre necesita para encontrarse consigo: el ayuno verdadero. No ritual. Ni de otra índole. “En realidad, el día de ayuno hacéis vuestros negocios y apremiáis a vuestros servidores; ayunáis para querellas y litigios, y herís con furibundos puñetazos. No ayunéis de este modo, si queréis que se oiga vuestra voz en el cielo”. El señor quiere que lo vivamos así, en la palabra del profeta: “Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos”. Compromiso: que nuestro ayuno sea un medio para poder desprendernos de las satisfacciones terrenales y nos ayude a tener el corazón más libre para amar más a Dios y a nuestros hermanos. Todos somos el mundo. Una voz y un canto que retumban en los cuatro puntos cardinales y en nuestros sentidos corporales y espirituales.