El horror de la autodestrucción humana

Augusto Costa Zabaleta

La humanidad, como bien apunta Jean-Pierre Dupuy, en un estudio más reciente, en el devenir de este último siglo, una moderna y efectiva capacidad de la autodestrucción; las amenazas en estos últimos tiempos del planeta, no es simplemente una ronda más de daños autoinfligidos, convertidos como una característica repetida y constante en los anales de la historia de la humanidad, tampoco otro eslabón más de la interminable cadena de horrendas catástrofes que ha soportado reiterativamente la humanidad hasta nuestros días, con la inminente peligrosidad de un evento desastroso, de una catástrofe que no deje vivo a ningún ser humano, ni vestigios de vida, para documentarla, para reflexionar, ni para extraer lección alguna a futuro.

En otra reflexión, la humanidad, hoy en día, dispone de un arsenal bélico necesario y suficiente para efectuar deliberadamente o por error un suicidio colectivo, para producir un aniquilamiento colectivo, destruyendo sin resquemor alguno, el resto de la vida existente en el planeta; consecuentemente para la supervivencia de la humanidad y para aplazar la extinción de la raza humana, es indispensable mantener viva, la amenaza latente de una aniquilación por causa naturales o autoinfligidas.

Los hangares repletos a reventar de objetivos nucleares y misiles preparados para que lleguen hasta el más recóndito lugar del planeta son únicamente una más de las catástrofes finales que nos aguardan; la autodestrucción que nos acecha puede llegar en forma de otros peligros; la explosión de armas explícitamente dirigidas a la destrucción de la vida es uno de ellos; pero aún más siniestra no intencionada de autodestrucción que avanza subrepticiamente es la posibilidad de que el planeta se vuelva inhabitable para los seres humanos y cualquier otra forma de vida conocida, que hace a esta clase de catástrofes definitiva y difícil de vigilar y aún más de controlar, paradójicamente promovida por los mismos seres humanos, que por su inconciencia, infringimos permanentemente y con mayor gravedad, agravios en contra de la integridad de las leyes de la naturaleza, mediante una contaminación sin límites.

Es procedente y aún más conveniente recordar que la lógica interna de la vida moderna, no hace más que acercarnos a la catástrofe definitiva que se avecina, difícil de eludir, por la modernidad continua, obsesiva y compulsiva; la protección de la humanidad frente a los caprichos ciegos de la naturaleza es un elemento integral de la promesa moderna, que solo versa y se ha concentrado en reparar los danos y no en custodiar el origen de los mismos, y de otros cambios que se denominan como la esfera de lo desconocido, lo incomprensible y lo inmanejable.