La narrativa del maestro en la educación de la palabra

Galo Guerrero-Jiménez

La transmisión del conocimiento que el maestro brinda en educación es narrativa, disertadora, expositiva, analítica; pero no es propiamente comunicativa, ni dialógica, ni direccionada a la reflexión, al cuestionamiento, al debate y al planteamiento de inquietudes y de grandes interrogantes antropológicas y de análisis con respecto a la realidad que contextualmente cada grupo humano que se educa vive familiar, ecológica y pragmáticamente desde sus dimensiones socio-culturales.

Como señala el pedagogo Paulo Freire, “en vez de comunicarse, el educador hace comunicados y depósitos que los educandos, meras incidencias, reciben pacientemente, memorizan y repiten” (2013), sin que haya cabida para la reflexión, el diálogo, el análisis, la discusión desde la palabra transformadora, humana, propositiva y conectada  con la realidad del alumno para que aprenda a resolver inteligente, creativa y hermenéuticamente sus problemas y oportunidades que la vida le brinda en todo espacio de convivencia y compartencia con el prójimo.

Bajo este contexto, los comunicados que elabora el educador, no sin mala fe, por supuesto, los elabora bajo una narración y con una cierta sonoridad de la palabra, en la mayoría de los casos autoritaria, fría, conductista, impositiva y que no admite discusión, con lo cual “conduce a los educandos a la memorización mecánica del contenido narrado (…). [Pues, se trata de una] concepción bancaria (…) para la cual la educación es el acto de depositar, de transferir, de trasmitir valores y conocimientos” (Freire, 2013) sin ningún vínculo afectivo ni de pensamiento profundo para el fortalecimiento de la inteligencia intelectual, emocional y espiritual, dado que la palabra narrada desde la simple sonoridad y con cierto ruido superficial, no posee esa fuerza transformadora que desde una narrativa inferencial, antropo-ético-estética y humanístico-científica y desde un enfoque socio-cultural podría aparecer en la narrativa, es decir, en la oralidad, e incluso desde la lectoescritura que ejerce el educador para que se inserte en el educando desde la pasión y el amor más genuinamente sentido por el conocimiento, y no desde la obligación de un aprendizaje tedioso, memorístico, y sin ningún condumio para el fortalecimiento de nuestro intelecto y de experiencias bellas que desde la sabiduría que el conocimiento debidamente incorporado en nuestra cognición, nos podría, en efecto, transformar en seres auténticamente humanos a través de experiencias personales y sociales que nos encaminen, como sostiene el escritor Yokoi Kenji Díaz a sentir “una gran pasión, por el respeto, por ser honesto (…), por escuchar sin prejuzgar, por perdonar, amar, luchar, pensar y actuar con inteligencia, despertar más y más nuestra conciencia” (2019).

Entonces, una narrativa que nos aproxime a modelos de vida altamente calificados como humanísticos, como el de la inclinación a extraer ideas altamente significativas de la lectura de un texto literario, filosófico, teológico, psicológico, lingüístico, sociológico o desde la especialidad con la cual cada docente ejerce su magisterio, de manera que con ese caudal de conocimiento, su entelequia y su psiquis en el ámbito científico, humanístico y cultural sirva para hacer del conocimiento impartido a los alumnos, no el de una educación con comunicados bancarios, sino desde un conjunto de lenguajes comunicativos y emotivamente narrados desde un componente conceptual apropiado, en cuya cosmovisión aparezca un modo especial para entender el mundo y apropiarnos de él para engrandecerlo desde una mirada simbólica, crítica, recreativa y fuertemente comprometida con lo humano para actuar desde los elementos más significativos de la ciencia y de la cultura actual.