Hay mucha diferencia

Ruy Fernando Hidalgo Montaño

Si los humanos aprendiéramos un poquito nada más de lo que nos enseñó Jesús con su triunfante resurrección, seguramente seríamos muy distintos de lo que ahora somos. Si él, que estuvo predestinado a salvar con su divina sangre a todos los habitantes de este planeta, vino al mundo en condiciones de absoluta sencillez fue porque quiso enseñarnos ante todo a ser humildes en todos los actos de nuestras vidas porque es un valor que deberíamos cultivar a cada paso. El Maestro comenzó su vida pública a los 30 años y le bastaron tres años para enseñarnos que el perdón es la mejor salida ante una ofensa. Que el amor es la fuente de todo bien, que no juzgues a los demás para no ser juzgados. Que tires la primera piedra si te sientes sin pecado, que ames a tu prójimo como a ti mismo, que nunca llevado por la vanidad ocupes los lugares preferentes sin indicación previa, porque puede llegar alguien más importante que tú, y te puede desplazar a un segundo o tercer nivel, y te sentirías abochornado. Lecciones aparentemente simples, pero de gran valía y vigencia tanto así, que perduran en el tiempo y en el espacio.

Acabamos de celebrar las pascuas de resurrección de Jesús, que está vivo y entre nosotros pues es el único que hasta ahora venció a la muerte. Pero camina con poca gente a su lado, no le hacemos caso porque representa la verdad, y la verdad nos estorba e incomoda casi siempre. Nos oponemos a recibirlo porque, siempre predica con hechos y por lo general eso no nos gusta. Nos negamos a escucharlo porque como buen amigo a veces nos dice cosas que no nos agradan para nada, entonces nos hacemos los desentendidos.

Ha sido muy común, en esta Semana Santa ver multitudinarias procesiones, los templos repletos luego de dos años de pandemia. El pueblo es muy ritualista, en la mayoría de casos, hace ritos sin siquiera saber su significado, lo hacen solo por tradición que la recibieron de sus padres que ahora ellos se las heredan a sus hijos, sin un sentido cierto de las cosas, inculcan temor a un Dios tirano, que si comes carne en día santo te va a castigar, o acuden presurosos a las iglesias, para comunicarse con un Dios al que tuvieron olvidado todo el resto del año, cuando lo tuvieron tan cerca, ahí nomás en los familiares, en los vecinos con más vulnerabilidad, o en las pruebas manifestadas en enfermedades o contrariedades de toda índole. Cortando todo vínculo afectivo con ellos, incluyendo el habla.

En la actualidad prima, la cultura del “TODO VALE” Y así estamos, transeúntes de un mundo que cada día se torna más vacío, que solo busca a Dios como tabla de salvación, en un mar turbulento, lleno de miedos. Pero que cuando las cosas van bien, le da las espaldas por completo. Entre la convicción y el temor hay mucha diferencia, entre la tradición y la devoción, también la hay, entre ritos y fe se ahonda mucho más. Recordemos siempre que, una fe sin obras, es fe muerta.