El odio no conduce a nada

RUY FERNANDO HIDALGO MONTAÑO

¿Cuándo aprenderemos los ecuatorianos que el odio y los rencores almacenados por años en la memoria, dañan el corazón y enturbian nuestra mente? La historia del país ha estado siempre marcada por revanchismos inútiles que nos han llevado a donde estamos con la etiqueta que parece eterna de nación tercermundista y subdesarrollada  que heredamos de nuestros abuelos y padres, y que todo hace suponer que dejaremos a las futuras generaciones de compatriotas.

Parece mentira que entre hermanos nos pongamos frecuentemente zancadillas solo por el gusto de hacernos caer y gozar con la caída ajena, esto ocurre más seguido con la clase politiquera que impulsados por el miedo a que finalicen sus espacios de poder hacen cualquier cosa por enlodar a la gente honesta  con buenas  intenciones de sacar adelante a esta patria que a ratos parece que se rompe en pedazos sin que a nadie le importe nada, todos o una gran mayoría se contentan con llevar agua para su molino, y el resto que se pudra, a ese peligroso nivel hemos llegado y así nos va.

Hemos puesto al dinero sobre todas las cosas con el vil metal se pretende comprar conciencias, lavar honores venidos a menos, comprar títulos, etc. Y todo esto por egoísmo, por sentirnos iguales o mejores que el resto, los que nos gobiernan ya sea provincial o nacionalmente casi de forma general han hecho práctica común desprestigiar a sus contendores o antecesores en los cargos que ocupan, o a veces solo por antipatías personales no dan paso a proyectos de importancia para la mayoría de ciudadanos, perjudicando de esta manera a la gran masa de votantes que depositaron su  confianza en ellos.

En todos los campos muchas veces nos dejamos llevar por el odio o animadversión que sentimos hacia alguien o hacia algo y terminamos siendo poco justos y nada objetivos,

Eso a nivel de simples mortales puede ser si se quiere benigno e inofensivo, pero adquiere otras dimensiones cuando se trata de personajes públicos y peor aún que responden al mandato popular, por ejemplo, quien no ha dicho alguna vez que mal que me cae ese tipo en el vecindario, y no pasa nada, el tipo sigue feliz en su casa y el otro en la suya. Pero el caso es radicalmente distinto cuando por odio se detienen obras de beneficio comunitario, o se calumnia sin ninguna contemplación, cuando por odio no se cumplen promesas, cuando por odio se insulta o se achaca al otro, un defecto que sabemos no tiene.

No estoy lanzando de ninguna manera la primera piedra, no puedo hacerlo, pero me declaro culpable, de no ser culpable, hasta el momento de escribir esto para ustedes, de dañar a nadie. Claro que, mientras estemos vivos, no estaremos libres de cometer alguna barbaridad de cualquier índole, si tan solo entendiéramos que, hablando se construyen puentes que acortan distancias y generan consensos, se propicia la unión, aunque es verdad que con algunas personas cuesta mucho comunicarse siempre habrá que buscar hacerlo. 

 Por favor intentemos entender que el odio no conduce a nada.