La interpenetración lectora desde el lenguaje numinoso

Galo Guerrero-Jiménez

Cuando se lee, bien sea porque se trata de un tema de mi interés o bien porque debo leer para estudiar, siempre, sea el caso que fuere, como el de leer solo porque deseo adquirir alguna información técnica o instrumental, es necesario que haya un vínculo profundo, una especie de estado de trance, de compenetración, de éxtasis, con mayor razón en textos de carácter ensayístico, literario, humanístico o científico.

Por supuesto, esta realidad lectora va de la mano con los grandes ideales de vida que me he trazado para vivir permanente desde esa opción profesional u ocupacional, y con un perfil ideológico por el cual he optado para analizar la realidad mundana y la mía, tan personal, que es la vía más idónea para darle el valor que cada acto que realizo, valga la pena asumirlo con plena conciencia de que todo el potencial de mi pensamiento, que se traduce en porciones de lenguaje hablado, monologado, leído, escuchado o escrito a profundidad, se manifieste en los hechos tal como les pasa, por tomar un ejemplo, a los poetas y a los músicos, que asumen una posición casi sublime de interpenetración al interpretar un instrumento musical o al vocalizar una canción en la que la palabra ha logrado su máxima realización de grandeza, tal como lo evidencia George Steiner cuando señala que “el reconocimiento recurrente por parte de los poetas, de los maestros del lenguaje, de que la música es el código más profundo, más numinoso, de que el lenguaje, cuando se lo capta de verdad, aspira a la condición de la música y es llevado por el genio del poeta hasta el umbral de esa condición. Por un relajamiento o una trascendencia graduales de sus propias formas, el poema se esfuerza por escapar a los límites reales, denotativos, determinados lógicamente, de la sintaxis lingüística para llegar a las simultaneidades, las inmediateces y la libertad formal que el poeta cree hallar en la forma musical” (2013).

La interpenetración lectora de un tema, entonces, debe producir un relajamiento de la palabra tal como lo hace el músico y el poeta, es decir, desde una actitud recurrente, permanente, de conquista asidua para que esa palabra textualizada adquiera el poder inefable de la música en la que, como lo señala el musicólogo y neurocientífico Daniel Levitin, “no solo se manifiesta en los oyentes sino también en los creadores. Los grandes compositores e improvisadores hablan menos de crear que de ser un instrumento, como si la música atravesara su cuerpo y su cabeza, simples cauces para su caudal. Muchos grandes músicos, particularmente en las culturas del tercer mundo, alcanzan un éxtasis absoluto cuando tocan, un estado de trance, como si su espíritu y su cuerpo estuvieran poseídos por fuerzas sobrenaturales” (2019), es decir, numinosas.

Pues, esta comparación que he trazado desde el ámbito musical para que la lectura adquiera esa dimensión inefable, es decir, que no tiene una explicación lógica, pero que es sentida no solo desde el intelecto sino desde las emociones más sentidas que esa palabra escrita desencadena dada “la maquinaria neurofisiológica del placer [que] es sumamente compleja. Aunque en el cerebro existen ‘centros de placer’ autónomos, son muchos los neurotransmisores y las regiones cerebrales que contribuyen a las sensaciones de placer” (Levitin, 2019); razón por la cual, el éxtasis se vuelve inconmensurable a la hora de esa inestimable interpenetración lectora tan especial y tan única en cada lector.

Llegar a este nivel de lectura es como haber llegado al Cielo, porque para llegar a ese estado lector, el recorrido es de un intenso trajinar de lecturas y lecturas que solo si me emocionan, es decir, si llegan a fascinarme, habrá una compenetración intrínseca, quizá numinosa, como el de la música, dado el enorme estado de salud mental, tanto intelectual como emocional, que logro adquirir conforme me deleito leyendo, página tras página, axiológica, estética, cognitiva y metalingüísticamente.