El planeta flagelado

Augusto Costa Zabaleta

El planeta Tierra, milenario y enigmático, es uno de los astros más pequeños de entre los millones de ellos que pueblan la inmensidad del espacio universal; su superficie supera a un billón de kilómetros cúbicos y es ovio suponer que su núcleo y el calor central de la tierra debe alcanzar varios miles de grados; rodeado de una envoltura gaseosa denominada atmósfera (aire), formada de 21 volúmenes de oxígeno y 79 de nitrógeno.

Con beneficencia, la civilización humana habita en este mundo, cuatro millones de años, testigos de una evidente y constante evolución y sus contextos estructurales de insaciable regocijos y complacencia de bondades prodigadas.

Con un comportamiento abominable y una conciencia inadmisible, hemos proferido los más procaces flagelos a la integridad de nuestro planeta, provocando su justa ira y su irreversible auto defensa al ultraje, con la despiadada contaminación, la tala indiscriminada de bosques, la explotación impetuosa de la biodiversidad, la vorágine en contra del ecosistema y la capa de ozono.

El planeta herido, responde y advierte amenazante con una escalada de fenómenos naturales: aludes, maremotos, terremotos, huracanes, etc., que se traducen en la expresión y la manifestación de la naturaleza en el orden físico y astrológico.

Los científicos del mundo aseveran que el calentamiento del planeta debe disminuir de un 50 a un 60 por ciento de grados, en la actualidad, razón por lo que las catástrofes se repiten con mayor continuidad en el mundo entero, con el agravante de que unos mil millones de humanos viven en las zonas de mayor riesgo del planeta.

Nuestro modus vivendi, nuestro hábitat base fundamental de la convivencia, se desmoronaría cual frágil castillo de naipes y se proliferarían las guerras, el terrorismo y las migraciones se desplazarían en grandes oleadas en búsqueda desesperada a albergue y sustento.

Está latente el compromiso de científicos, gobernantes  y líderes para que converjan en contra de la intransigencia y la ambición, evitando se produzcan los postreros días del Apocalipsis; no más vejaciones a nuestra madre Tierra.