El baúl de los recuerdos: El florecimiento de los guayacanes contado por un trotamundos

Efraín Borrero E.

En el lucido acto de presentación de la hermosa novela «Destino Sur» del destacado escritor lojano, Manuel José Vivanco Riofrío, conocí circunstancialmente a Ricardo Rivero quien deseaba adquirir el libro. Estaba solo y se sentó a mi lado.

No pasaron muchos minutos que me dirigió la palabra. «El hombre es un ser social por naturaleza» decía Aristóteles. Se presentó formalmente y lo propio hice yo.  

En la medida que conversaba lo iba «perfilando», como dicen ahora. Me di cuenta que se trataba de un verdadero trotamundos: nació en Uruguay, estudió en Chile, trabajó en Argentina y ahora reside en Suiza. Ha recorrido medio planeta visitando lugares exóticos.

Logré entender que se gana la vida como una especie de freelancer; es decir, trabaja por cuenta propia en la elaboración de documentales y los ofrece a varias cadenas de televisión con fines de comercialización.

No era la primera vez que visitaba Loja, a fines del año 2019 estuvo de paso hacia Mangahurco, en donde realizó un documental sobre el florecimiento de los guayacanes. Me manifestó que había tenido avidez por ese reportaje ya que estaba plenamente convencido del interés que provocaría en sus clientes, como en efecto ocurrió.

Le encanta Mangahurco, dice que volvería una y cuantas veces más. Es una parroquia rural del cantón Zapotillo en las cercanías de la frontera con el Perú, un pequeño pueblo acogedor y generoso.  Sus típicas casas de adobe y bahareque le dan un toque pintoresco. Los primeros cantos de los pájaros llegan cuando aún es de noche, luego se suman más y más en un verdadero concierto.   

Le apasionaba conversar con los ancianos del lugar. Ellos le comentaron la gran emigración de gente que se produjo como consecuencia de la sequía que asoló esos campos en 1968. Supo también que los primeros pobladores llegaron tanto del Perú como del Ecuador. Los Gálvez, Flores, Aponte, Romero, Farfán, Camacho y Ruiz, por ejemplo, son de ascendencia peruana, porque esa es la realidad de las zonas fronterizas ecuatoriano-peruanas que hermanadamente constituyeron unidades geográficas, económicas, sociales y culturales.

Me preguntó si yo había estado allí. Tímidamente respondí que no. Como haberlo herido en su amor propio reaccionó tomándose la cabeza con las manos: ¡no puede ser!, exclamó. ¿Cómo es posible que tú y algunos lojanos no hayan disfrutado de ese deslumbrante espectáculo teniéndolo en casa? ¡Increíble!, y movía la cabeza. Realmente me sentí mal.

Sacando a relucir argumentos capaces de remover el alma del más impávido, me dijo que el florecimiento de los guayacanes de Mangahurco es más alucinante que la floración de los cerezos en Japón, con la llegada de la primavera, y del florecimiento de los tulipanes que bañan Amsterdam con millones de flores brillantes, también en primavera.

Según una publicación especializada que se difunde a nivel global, el florecimiento de los guayacanes de Mangahurco consta en una lista de 21 lugares de todo el mundo, considerados tan surrealistas que parecen sacados de historias fantásticas, aseguró con un tono de voz que claramente tenía la intención de penetrar en mis oídos, en mi mente y en mi espíritu.  

En Mangahurco se encuentra el bosque de Guayacanes más grande del mundo, lo que hace que esa experiencia sea inolvidable.La floración es impresionante, es un proceso alegre e inspirador. Las ramas de guayacanes secos, sedientas de agua, están preñadas de botones florales; de pronto y como un verdadero maná la lluvia cae del cielo y las auxilia para que den a luz a esos botones de coloración verde, que luego se convierten en capullos que se abren para mostrar sus bellas flores amarillas, vistiendo de oro el ambiente. Después de una fugaz existencia, el tiempo necesario para admirarlas, esas flores caen al suelo formando una alfombra amarilla. Simplemente es fascinante, decía emocionado. 

Este fenómeno natural ha sido retratado, incluso, en una de las novelas más famosas de la literatura ecuatoriana: “Cuando los guayacanes florecían”, escrita por el prestigioso escritor esmeraldeño, Nelson Estupiñán Bass, en 1954.

Hace pocos años el maestro lojano Juan Carlos Ortiz, reconocido pianista de vasta formación académica, que ha presentado innumerables recitales y conciertos dentro y fuera del Ecuador, como solista y con las principales Orquestas de Cámara y Sinfónicas del país, cargó su fino piano de cola al hombro y lo plantó en medio del bosque de guayacanes florecidos en Mangahurco, para estrenar su emblemática composición “Isabella” dedicada a su hija; un pasillo inspirado en el florecimiento de los guayacanes y en el que musicalizó ese milagro de la naturaleza.    

El video sobre ese extraordinario suceso artístico se presentó a nivel mundial en la Iglesia de La Compañía de Jesús de la ciudad de Quito, en marzo de 2018.

Los lugareños reciben con cantos el florecimiento. Entre las varias actividades y servicios que brindan, como caminata guiada por el bosque, venta de comida típica y artesanías, ofrecen una serenata a la flor del guayacán en horas de la noche. El ambiente es maravilloso.

Ricardo es un enamorado de la provincia de Loja. Ha recorrido varios cantones y en cada uno de sus pueblos encuentra peculiaridades que diferencian a unos de otros. El mayor atractivo es su gente amable, acogedora y sencilla, recalcaba.

La gastronomía le parece exquisita. Aseguró que en Pindal, la “Capital Maicera del Ecuador”, le brindaron sopa de zarandaja un frejol muy apreciado por su sabor. También se deleitó saboreando el “palapiche”, una colada a base de maíz, maní y panela.

Le encantan los dichos de la gente. Le expliqué que son lojanismos, y que el cantautor Benjamín “El Gato” Ortega, amante de su tierra lojana, los plasmó en sus creaciones compositivas: “Añoranzas” y “Reencuentro”, en las que hace ostensible lugares, tradiciones, creencias, artesanías, gastronomía y costumbres. Con su guitarra y su canto hace un singular recorrido por nuestra provincia de Loja.

El ilustre Alejandro Carrión Aguirre, poeta, novelista y periodista lojano, escribió: “Es lindo mirar a gente como Benjamín Ortega, que tiene el alma a flor de piel y en la voz el secreto que hace reír y gemir los corazones: el secreto que permite hacerla decir las palabras verdaderas, las que tocan el alma, las que nunca se pierden, las que viven a través del tiempo, las que nunca anochecen: las palabras del pueblo que canta”.

Ricardo manifestó que en minutos más viajaría a Saraguro y que a su retorno desearía conocer a Fabián Altamirano Arias, quien en realidad fue el gestor de la promoción y difusión del encantador florecimiento de los guayacanes, que por siempre estuvieron allí pero que a nadie se le había ocurrido trascenderlos.

Me despedí con la gran satisfacción de haber conocido, por primera vez, a un auténtico trotamundos, y con el firme compromiso de disfrutar ese asombroso regalo de la madre naturaleza, en el mes de diciembre venidero.