Lectura y conversación

Galo Guerrero-Jiménez

La lectura solo es posible si hay interés para leer la temática que sea de agrado de ese potencial lector. Y si recién empieza en esta enorme aventura, no siempre va a salir con todo el buen deseo de seguir leyendo porque en el camino, posiblemente se encuentre con una serie de obstáculos que, poco a poco, los irá venciendo, en especial cuando aparece un buen mediador, es decir, como señala Juan Domingo Argüelles, “la existencia de los promotores de la lectura, que no pueden ser sino lectores, gente que sepa comunicar su entusiasmo sin sermonear y que acepte y sepa que en el porvenir de la lectura una de las mejores imágenes posibles es la de la libertad del lector engendrada, sintomáticamente, por el disfrute azaroso, indisciplinado y desordenado de la lectura (2017), de manera que, sin tapujos, luego sea posible conversar con el texto y sobre el texto desde su propia experiencia de vida.

En este orden, el eje principal en el salón de clase, debe estar cobijado por la lectura y la conversación, y no me refiero solo a la lectura de temas literarios. Todo tema, es decir toda disciplina que es objeto de estudio en la escolaridad, debe empezar por la lectura y la conversación. La lengua, en este caso, desde la lectura en silencio, en voz alta, declamada, musicalizada, engolada, interrogada, exclamada, teatralizada o de la forma que sea posible, y luego comentada oralmente, bien sea destacando la comprensión literal y luego, que es en donde está la mayor riqueza, infiriendo lo que a cada contertulio le sea posible es quizá, una de las mejores estrategias para atraer lectores, ante todo, cuando sienten la libertad que se les brinda para opinar sin que sean retados si es que no es de la satisfacción del profesor lo que el alumno pueda opinar.

Hay una anécdota muy interesante que el poeta Miguel Márquez la comenta acerca de una reflexión que sobre la lectura la hizo el escritor Roa Bastos cuando estaba iniciándose en este proceso lector: “A pesar de no entender, según él, muchas de las cosas que le leían, en cambio no olvidó nunca la musicalidad de aquello que escuchaba. Ese encanto de la lectura, de la oralidad, selló su amor por la literatura. Y es que la lectura es también un intercambio amoroso” (2009), vivamente sentido y procesado en nuestro metabolismo mental.

Pues, leer y conversar, entonces, de una o de otra manera, atrae lectores. Intercambiar ideas con plena libertad hace posible que no solo se aprenda o se disfrute de lo que el texto dice, sino de lo que dicen el resto de compañeros de aula y, por supuesto, el maestro como mediador, no como examinador ni evaluador de nada, sino como promotor que hace posible la creación de un ambiente dialógico en el que esa temática leída, sea real, imaginaria o poética, llegue a emocionar a los lectores, justamente para que desde esa posición personal, se animen a participar emitiendo un comentario en el que no se vean forzados a participar, sino que, en verdad, intervengan  con plena libertad para expresar lo que sienten.

En el fondo, “el amor por la lectura es una aventura y una búsqueda: leemos porque estamos interesados en interpretar lo que somos y lo que nos ocurre. (…) Cuando leemos, lo hacemos desde nuestra experiencia [por pobre que sea] y con los conocimientos que tenemos al alcance, pero ellos nos abren a experiencias que están en nosotros y que solo esperan algo que las esclarezca, que nos permita sacarlas de adentro” (Márquez, 2009); y esto en razón de que, como señala Abdón Ubidia, “la Literatura es el lenguaje no de las puras palabras sino de las emociones” (2006) y de las razones con las cuales es posible intervenir para conversar.