Entre romería y romería

Diego Lara León

Eran inicios de los años 80 y en casa esperábamos con mucho entusiasmo, la noche anterior al 17 de agosto, con mis papás y mis hermanas hacíamos canguil, papas fritas, también en los recordados canastones se guardaban las frutas y las bebidas, se alistaba el famoso “fiambre”, colocábamos la  “colchoneta” en el balde de la camioneta familiar y dormíamos “con un ojo abierto”, esperando ponernos el calentador y las “quetas”, la gorra infaltable para protegernos de inclemente el sol y salir antes que amanezca para llegar a tiempo a tomar el buen café con pan y queso, este ritual gastronómico y de tertulia familiar ocurría un par de kilómetros antes de la imponente Basílica de El Cisne. La caminata tenía una importante fe religiosa, pero también tenía mucho de unión familiar y diversión.

La llegada a San Pedro de la Bendita era siempre al medio día. El retorno a Loja, era muy corto hasta casa, pues obviamente veníamos dormidos por el sol, el viento y el cansancio de los kilómetros caminados.

El 18 de agosto era el día más fácil de la romería, pues entre San Pedro de la Bendita y Catamayo solo existe 10 km de distancia, tramo que se lo recorría relativamente rápido, sin duda el ritual de la noche anterior es el mismo. Ese día el premio esperado era una deliciosa cecina y un helado de coco con gelatina.

El 19 de agosto era el día para recuperar fuerzas y preparase para la gran jornada del día siguiente. El 20 de agosto, la caminata era de 36 km entre Catamayo y Loja, ese día era una aventura extrema, que cosa tan maravillosa era “cortar camino” por los famosos “enderezos”, que no era otra cosa que salirse de la vía principal y atravesar la montaña para “ganarnos“ varios kilómetros en el recorrido.

La jornada terminaba con los pies “sancochados” por el calor que provocaba el fuerte sol sobre el asfalto, uno de otro raspón en las rodillas por ser alocados “ultratrails”.

A estas alturas del relato varios de ustedes ya sabrán que estoy hablando de la casi bicentenaria peregrinación de la Virgen de El Cisne, que todos años recorre mas de 70 km desde su hermoso santuario enclavado en las montañas del sur del Ecuador hasta la ciudad de Loja.

Hoy personalmente las cosas han cambiado, ya “los viejos” tienen un caminar mas lento, los chicos crecimos y la vida nos puso por diferentes lugares y ocupaciones. Pero el recuerdo queda y la devoción se mantiene. Es grato ver que la tradición continua y la fe cada día va creciendo.

Sin duda los feligreses son los que permiten que esta querida advocación religiosa se haya convertido en uno de los fenómenos religiosos más importantes de América. Son cientos de miles de personas que con gran devoción recorren caminando las vías lojanas, acompañando a “La Churonita” hasta entrar triunfante a Loja.

La “Fiesta de Nuestra Señora de El Cisne” no solo genera un fenómeno religioso, sino un fenómeno comercial y gran generador de empleo y turismo en el segundo semestre del año en Loja.

Hace varios años en una tertulia entre amigos se discutía la importancia de la peregrinación de la Virgen de El Cisne y un conocido indicaba que él, al no ser católico, no veía relevante el evento, por supuesto criterio respetable. Pero les dejo una reflexión que nos hizo un querido amigo mexicano que formaba parte de esta tertulia. “Y quien les ha dicho que todos los mexicanos somos católicos?”, exclamó. Para los mexicanos promedio la Virgen de Guadalupe es una bendición para el turismo, la generación de empleo y mucha gente tiene ingresos gracias a la “morenita”.

Vivamos estas fiestas con prudencia, con seguridad y bioseguridad, cuando uno recibe visitantes en casa, no pelea frente a ellos, arregla la sala y los trata con cariño. Hagamos eso. Bienvenida Nuestra Señora de El Cisne!!!