Don y salvación

P. Milko René Torres Ordóñez

En los caminos de la vida nos encontramos con seres humanos de una talla moral muy elevada y de una hondura espiritual madura y profética que contagia el propósito de un seguimiento radical del mensaje de Dios. Las palabras de esperanza que transmiten brotan del amor que nace del contacto diario con la realidad iluminada por la fe.

La pasión por la lectura de la Biblia actualiza la pureza de un primer amor. La Sagrada Escritura vuelve a convertirse en una luz clara para quienes buscan una renovación sustancial en su existencia. Un adecuado acercamiento con el texto sagrado evita el fundamentalismo pernicioso que rechaza una verdad: la Palabra de Dios inspirada se ha revelado en lenguaje humano, escrita e inspirada por autores de carne y hueso que tienen capacidades limitadas. Una lectura hecha con este arquetipo trata al texto bíblico como si hubiera sido escrita palabra tras palabra por el Espíritu y niega la posibilidad de reconocer que la Palabra de Dios ha sido formulada en un lenguaje humano que responde a realidades específicas de cada contexto cultural e histórico. La lectura fundamentalista cae en el pozo ciego de la manipulación del mensaje. El sentido del texto del último capítulo del profeta Isaías comparte la alegría de la llamada universal a la esperanza. Del fracaso y la desolación existe un estrecho margen con el júbilo y la consolación. Esta alegría compartida y manifiesta es la que el Papa Francisco pide a la Iglesia de nuestro tiempo. Los pueblos de hoy fracasan y abrazan códigos de corrupción que les lleva al abismo, a perder su identidad. Pretenden vivir sin Dios, ni ley. El fundamentalismo del que hablo está arropado en el nacionalismo, en el terrorismo religioso, en una religiosidad pagana, para citar algunos ejemplos. La contraparte, el contenido que transmite el autor de Hebreos, está matizado con el color de la fe. Exhorta a vivirla entre muchas dificultades, inconsistencias, persecuciones, como en Nicaragua en este tiempo. San Lucas desarrolla una serie de cuestiones concretas que cimentan una verdadera actitud cristiana. Los caminos de Dios son emblemáticos. Su lógica difiere de la nuestra. Quiere que dejemos de lado el turbio legalismo apocalíptico para vivir en la profundidad profética de Jesús. La espiritualidad que proviene del Evangelio es, por una parte, radical. Por otra parte, es abierta. La justa y necesaria para nuestro tiempo. Toda la vorágine, fruto de un humanismo desencarnado, que ha desnudado la vergüenza del hombre, como la de Adán en el Paraíso, no exige recurrir a la demagogia, ni a la duda, ni a la mentira. La llamada a vivir la santidad en la universalidad evangélica es tan simple y refrescante como el diálogo del Maestro con la Samaritana. El puntillazo, por así decirlo, a esta mujer, en la cristología de san Juan, le descubre en el anhelo frustrado de la búsqueda de su realización personal, su verdadera identidad: el conocimiento interno. El amor y el servicio a Dios y al prójimo serán el emblema de su legítima libertad humana. Somos don, sumergidos en el mar de la salvación.