El poder del encuentro

P. Milko René Torres

La comunicación es un arte puesto que comunica valores. El hombre es un ser para los demás, cultural y social. Necesita demostrar su presencia en el mundo con la palabra que existe en sus variadas formas: fonemas, gestos, signos, símbolos.

Dios, enseña san Agustín, habla al modo humano para que entendamos y escuchemos su mensaje. La Sagrada Escritura es una palabra inspirada: un mensaje de amor de un Padre a sus hijos. La palabra es creadora. En el Génesis todo surge con su poder. San Pablo en la segunda carta a Timoteo señala con claridad que el Espíritu Santo inspira nuestra vida. Al tiempo de exhortar a una lectura frecuente de la Palabra de Dios con una mente abierta y libre. Lejos está de invitar a un encuentro fundamentalista de la Biblia. El Espíritu no dicta cada expresión. La vivencia espiritual, humana, misionera, es la que se impregna en cada página del texto sagrado. Nos encontramos con un contenido actual, lleno de vida. En el encuentro con las Escrituras vemos la huella de Dios que camina con su pueblo en cualquier circunstancia, adversa o positiva. La sensibilidad de cada autor sagrado genera mucha afinidad con sus destinatarios en cada lugar y tiempo. En el evangelio según san Lucas prevalece la opción preferencial, no exclusiva, por los pecadores y los pobres. Los más vulnerables. Este escritor, como ninguno en el Nuevo Testamento, otorga el lugar privilegiado a la mujer. Las viudas, solas a una edad temprana, luchan por forjar un presente y un futuro con dignidad. Debían resolver sus problemas con la fortaleza de su perseverancia. Cada una de ellas debe valorar su inteligencia emocional. En la intención de san Lucas hay una insistencia en la oración confiada, decidida. El encuentro personal con quien sabemos que nos ama, de acuerdo a la espiritualidad de santa Teresa de Jesús, es la clara evidencia del misterio que tiene la comunicación recíproca entre el hombre y Dios. La confianza en Dios da los resultados que esperamos. Nunca va negarse a concedernos cuanto le pedimos. Los hombres fallamos. Dios no. Nuestra vida encontrará el sentido real de su razón de ser en el contraste diario frente a cada experiencia. La viuda de la parábola persiste en su empeño por alcanzar justicia, derecho, dignidad, respeto, es el espejo en el que se refleja el anhelo íntimo de Dios que está con nosotros. Toda lucha interior es una victoria que remueve los cimientos más duros de la debilidad en la que estamos ahogándonos. La Buena Noticia de Jesús trae esperanza a la humanidad. La oración convertida en palabra de vida es la esencia del amor oblativo. Tenemos que vivir la fe con humildad, una decisión que nos transforma en auténticos hijos de Dios, consecuentes, responsables, con la gracia recibida. La filiación divina, aquella perla valiosa, el tesoro que cambia nuestras opciones de vida, debe brillar en todas partes. Cada espacio de intimidad, tiempo de oración y súplica, ausente en la cambiante faceta del mundo en el que vivimos, es el oxígeno que nos permite llevarnos como verdaderos hermanos, seres humanos llenos de calidez y calidad.