La intimidad de las ideas en la edad de la razón lectora

Galo Guerrero-Jiménez

La intimidad del acto lector cuando es fuerte, emocionante, impactante, conmovedora, dada la profundidad de las ideas que un texto bien redactado contiene, sirve para que todo ese bagaje de ideas que lee trasciendan cognitiva y significativamente en el cerebro que, como todos sabemos, “es un órgano asombroso, capaz de estímulos titánicos y de increíbles hazañas de aprendizaje” (Jensen, 2019), en especial en el adolescente y joven que camina por la vida pletórico de imaginación y, en el adulto que, con la robustez de su experiencia intelectual, configuran una grandiosa dupleta humana para entrar y salir robustos de ideas en cada circunstancia lectora en que la edad de la razón es tan emocionante dado que, “la puerta que abre el acceso a ese reino secreto no puede ser descubierta más que en la intimidad del acto lector” (Ventura, 2002) que hace posible ese gran misterio de emociones estéticas que se engendra “en ese espacio privado y silencioso que propicia la lectura y desde una actitud similar a la inocencia, es decir, clausurando toda desconfianza, la revelación que siempre supone el acceso al reino de la literatura” (Ventura, 2002) o de cualesquiera de las disciplinas del conocimiento en las que el lector tiene acceso para leer con la más plena voluntad y desde el valor que su autonomía le permite acercarse a un texto para leerlo sin ningún condicionamiento didacticista o de obligatoriedad escolarizada.

Ese acto íntimo que se genera en el lector es esplendoroso porque es un espacio libremente elegido, de grandeza cognitiva, estética y ética; aquí, la intimidad de las ideas se entrecruzan armónicamente con las del texto y las del lector hasta alterar ese mundo interior con nuevos pensamientos; pues, a causa de esa porción de lenguaje que lee, le afloran, en el espacio de su conciencia, nuevas formas de percibir el mundo, de interpretarlo y, por ende, de acomodar esa nueva información en el cerebro que, como producto de su íntima inferencia, lo transporta a una nueva generación de pensamiento que fluye en calidad de lenguaje, de ideas agudamente razonadas y sentidas en lo más hondo de su psique, de manera pausada, reposada, tranquila, razonada y emotivamente sentida en lo más íntimo de su subjetividad, es decir, de su conciencia.

Por lo tanto, la lectura de un texto, sobre todo si es leído en físico, en soporte de papel, es siempre más pausada, más reposada, más sentida, más bien pensada y, por ende, en ella “uno pone mucho más de sí mismo, tanto consciente como inconscientemente (…). En las artes de imagen se asiste a una representación, más o menos manipulada, de la realidad. En la literatura [y en general en todo tema leído] se nos ofrecen símbolos, que tenemos que interpretar según nuestro propio imaginario” (Albanell, 2002), el cual siempre es enriquecedor y muy personal, muy suyo, en cada lector que se ve encaminado libremente a pensar con rigor, con deleite, como aquel que expresa el gran humanista universal Peter Watson cuando sostiene que “Newton no fue el primer hombre de la Edad de la Razón, fue el último de los magos, el último de los babilonios y de los sumerios, la última gran mente que contempló el mundo visible e intelectual con los mismos ojos que lo hicieron quienes empezaron a construir nuestra herencia cultural hace casi diez mil años” (2021).

Una herencia cultural de la cual seguiremos disfrutando para construir la edad de la razón, gracias al lenguaje y a “la libertad de la que tú disfrutas para leer a tu gusto las ideas o las fantasías escritas en los textos, para pararte a pensar o a soñar despierto cuando quieras, para elegir y ocultar lo que eliges, para interrumpir o abandonar, para crear tus propios universos. Esa libertad individual, la tuya, es una conquista del pensamiento independiente frente al pensamiento tutelado, y se ha logrado paso a paso a lo largo del tiempo (Vallejo, 2021).