El baúl de los recuerdos: EL ARTE FOTOGRÁFICO EN LA HISTORIA DE LOJA

Efraín Borrero E.

Dice un conocido adagio que “una imagen vale más que mil palabras”. Sin duda, porque es más efectiva que la mera descripción verbal o escrita. Las fotografías nos permiten contextualizar la historia y, lo más importante, le dan vida.

En nuestra ciudad las fotografías que muestran a la señorial Loja de antaño tienen ese valor. A través de ellas podemos conocer o reconocer espacios urbanos, edificaciones, personajes y costumbrismos de épocas pasadas. Algunas se exhiben en diferentes museos y sitios públicos y privados de la ciudad, y otras se han difundido a través de las redes sociales.

Esas fotografías muestran, por ejemplo, los puentes abovedados o en arco que existían camino al cementerio y camino a la costa sobre el río Malacatos, construidos con ladrillo macizo, piedra tallada y mezcla de cal y arena, cuya técnica era aplicada desde la antigüedad. Asimismo, la casa de Alonso de Mercadillo, situada junto a lo que hoy es la catedral, heredada por su esposa Francisca de Villalobos.

Igualmente, el campanario del Monasterio de las Madres Conceptas; la Casa del Cabildo ubicada en la esquina de las calles 10 de Agosto y Bolívar; y, el Seminario Menor San José, en la esquina de las calles José Antonio Eguiguren y Bolívar, edificaciones derruidas por quienes no se compadecieron de su valor patrimonial. 

También nos permiten conocer o recordar cómo era la feria de San Sebastián creada por el padre Eliseo Álvarez Sánchez, que se desarrollaba en el mes de diciembre de cada año para dinamizar la economía local. Además, algunos eventos sociales, desfiles cívicos y ciertos actos funerales, a propósito de los cuales recuerdo lo que conversaba Don Julio Eguiguren, hombre con memoria privilegiada. Dijo que “la legislación liberal de entonces prohibía la sepultura en las iglesias, por lo que, en algunos casos, ocurría que en la iglesia se dejaba el ataúd con el difunto y se lo sustituía por otro con adobes, que salía rumbo al cementerio”.

Esa visualización histórica de Loja, que es nuestro patrimonio gráfico, ha sido producto del gran aporte que nos legó el pionero del arte fotográfico en Loja, Javier Reinaldo Vaca Piedra.

En el año 2010, el Consejo Nacional de Cultura, con la colaboración de Julio Eguiguren Burneo y Genaro Eguiguren Valdivieso y la acuciosa investigación que sobre Vaca hizo Patricio Estévez Trejo, publicó el hermoso e ilustrativo libro: “Imágenes Loja”, que contiene una extensa colección fotográfica de Reinaldo Vaca Piedra.  

Por ese libro es posible conocer que “más de cuarenta mil negativos y fotografías impresas, cubetas de revelados, ampliadoras y plantillas de diversas formas y tamaños constituyen el denominado FondoVaca, celosamente cuidado por el Archivo Histórico del Banco Central del Ecuador”, hoy en manos del Ministerio de Cultura.

Javier Reinaldo Vaca Piedra, nacido en Loja el 6 de julio de 1894, fue el fotógrafo de la pequeña urbe lojana. Las familias acudían a su domicilio en procura de retratos que han sido conservados por generaciones. Falleció el 17 de noviembre de 1977 en medio de la sencillez que caracterizó su vida. No cabe duda que Loja está en deuda con tan ilustre personaje.  

Por aquel tiempo, Carlos Federico Eguiguren Burneo también se destacaba en la técnica del procesamiento fotográfico. Fue un aficionado que por 1938 empezó a revelar películas en blanco y negro. Montó un laboratorio importando productos químicos directamente de la fábrica de Easman Kodak en New York.

En 1949 comenzó a experimentar con la fotografía a color, llegando a desarrollar sus propias formulas e incluso mejorando las de la Kodak, considerando algunos factores: medio ambiente, temperaturas y calidad del agua de la urbe; y, en 1951, su laboratorio fue el primero en revelar fotografías a color en Loja. Logró tanto prestigio que algunos trabajos importantes le llegaron desde Cuenca y Guayaquil, y desde luego de nuestra ciudad.

Desarrolló sus propias fórmulas y produjo baños para revelar tanto slides como papel. La ampliadora que importó de los Estados Unidos fue la mejor de aquella época, y él mismo la adapto para imprimir fotos hasta de 1.2 metros.

En los años 70, junto con Vicente Rodríguez Witt, diseñaron el primer sistema audio visual de láminas de medicina para sus clases en la Universidad Nacional de Loja. Para este efecto construyo un dispositivo que le permitió tomar fotografías de libros y otros documentos médicos de manera nítida, además de ciertas filmaciones que hacía en operaciones en vivo, para esos fines didácticos.

Otro personaje reconocido fue Luis Edison Chauvin Herdoiza, nacido el 22 de noviembre de 1906. A inicios de la década del 50 vino desde Guaranda para dedicarse a lo que sabía: la fotografía. Contrajo matrimonio con la lojana Rosa Elvira Hidalgo Costa.

En su estudio fotográfico se hizo famoso retratando a personajes de nuestra sociedad. También contribuyó con algunas fotografías que conservan la memoria histórica de Loja. Su hijo Flavio tenía el propósito de hacer una selección de las mejores fotografías captadas por su padre.

Luis Edison Chauvin Herdoiza falleció el 05 de noviembre 1973 dejando una descendencia cuyos miembros han sobresalido como profesionales, escritores, investigadores y cultores del arte musical.

Por la misma década surgieron otros importantes fotógrafos en Loja, uno de ellos fue Víctor Manuel Palacio Cabrera, titulado de fotógrafo ante la Junta de Defensa del Artesano en Guayaquil. Se desempeñó como tal en la Fuerza Aérea Ecuatoriana. Fue periodista gráfico y reportero de varios medios nacionales. Cuando falleció en el 2010 el Colegio Provincial de Periodistas de Loja le rindió un sentido homenaje.

Asimismo, Luis Antonio Loaiza González, quien se convirtió en el fotógrafo más solicitado y apreciado por la sociedad lojana. Esa memoria social, que con especial cuidado conserva su hijo Jorge Luis, que tomó la posta en el arte de la fotografía, es reproducida frecuentemente por la prensa local. También fue reportero gráfico de algunos medios nacionales.  

De igual modo, Luis Antonio Silva Silva, un quiteño que decidió venir a estos lares por 1957 a fin de establecer la patente “Luminofoto Silva”, creada por su hermano Joel, de gran prestigio en varias ciudades del Ecuador. Luis Antonio, que además es pintor, se caracterizaba por “retocar” las fotografías que captaban el rostro de las personas. Con humor se decía: para mejorar la fachada.

Capítulo aparte constituyeron los fotógrafos de manga que se apostaban en el parque central. En horas de la mañana asomaban cargando un trípode para asentar un cajón misterioso con manga negra, que en realidad era la cámara fotográfica y el laboratorio artesanal. Además, un banco para que se siente el cliente y a veces un caballo de madera revestido con cuero.

La sesión fotográfica se iniciaba desde el momento en que el fotógrafo solicitaba se fije la mirada en el lente, que rápidamente era destapado para captar la imagen. A partir de allí el proceso de revelado era mágico: el fotógrafo metía y sacaba las manos una y otra vez; miraba por la manga y se concentraba profundamente, hasta que salía la fotografía que la secaba con franela.

En algunas ocasiones los conscriptos pedían que se la adorne con un corazón y una leyenda de amor. Otros solicitaban que se la coloree, en cuyo caso intervenía Víctor Hugo Betancourth, conocido afectuosamente como “Panuro”, que luego se desempeñó como fotógrafo, especialmente ambulante.

Entre esos distinguidos artesanos de la fotografía, que eran parte de la identidad urbana, me viene a la memoria los nombres de los hermanos Gerardo y José Philco; del señor Casierra y de Washington Orbe, hombres geniales.

Esta remembranza de aquellos personajes que marcaron la época dorada del arte fotográfico de nuestra querida ciudad, me ha permitido revivir el recuerdo de esos maravillosos tiempos pasados.