LA UTOPÍA DE LA VIDA

Quilanga, 16 de junio 2023

Toda persona durante el curso de su vida navega entre realidades, esperanzas y utopías. La realidad muchas veces recreada para cubrir lo real, una utopía deseada soñada, no establecida en el no lugar y la esperanza sustentada en la certeza de la fe, para quienes profesamos la misma.

El gran Tomás Moro en su obra de 1516 “Librillo verdaderamente dorado, no menos beneficioso que entretenido, sobre el mejor estado de una república y sobre la nueva isla de Utopía”, plantea su propuesta de la utopía como “un no-lugar, o el lugar soñado, desconocido, imaginario, donde radican las sociedades de ensueño”. Cuánta razón en esta premisa, porque sí, la utopía ronda en todo tiempo, espacio y lugar, pero no la palpamos ni sentimos, pero nos ayuda a sensibilizarnos, idearnos y construirnos.

En la construcción histórica de la sociedad la idealización de la sociedad desde la utopía nos conduce a que la ausencia y el no lugar se vuelvan en una insistente presencia de lo que no es, no existe, pero que puede y debiera ser. Ya no solo la mera ilusión y deseo que sean mejor las cosas, sino que aquello del no lugar, de lo inexistentes se convierte en la expresión de lo que no se ha realizado, pero que, si encaminamos bien las cosas, puede llegar a ser y es una tarea de todos.

La riqueza de la utopía, es decir aquello que no es y que deseamos que sea es un imperativo para trabajar por volverla realidad, recorriendo los caminos del aprendizaje, de la creación imaginativa, del espíritu crítico, del desarrollo de competencias y habilidades, de la libertad con responsabilidad en la acción, de la capacidad racional y social para deconstruir y reconstruir la realidad con una mirada al futuro, cercano pero lejano a la vez.

La utopía no termina al alcanzar lo deseado, sino que abre horizontes a nuevos deseos, nuevos sueños, por eso, en la utopía se conjugan un mundo ideal y un proyecto de sociedad cuyo horizonte es tan real como las condiciones de las metas personales cumplidas que, en sí mismas, contienen otros horizontes, y otras metas, con las mismas características de estar y no y de ser o no posible. Cada día el ser humano por la volatilidad social en la que se desarrolla cumple una meta y abre otras metas con mejores condiciones y mejores sueños y eso hace que la sociedad no sea estática, sino que se transforme al ritmo de las horas de la vida.

Me temo que el relativismo fruto del pragmatismo y del desarrollismo pretenda que la utopía pierda su fuerza y la considera hasta una mala palabra, porque desde su comprensión visión la formula como una realidad fantasiosa, como dice Adalid Contreras “en utopías o lugar de lo exclusivamente bueno. También se la pinta con desviación en la distopía o sociedad imaginaria bajo un poder totalitario, opuesto a esa utopía que nos hace vivir cada día como si fuera el primero y cada noche como si fuera la última”.

En estos tiempos de crisis, de nausea de la vida, sobre todo de la política que enrarecen el tiempo histórico es preciso volver y seguir hablando de utopías de la vida, pero desde el sentido de la heterotopía propuesta por el filósofo francés de la posmodernidad Michel Foucault (1926-1984) cuando habla de “los territorios de los otros, que son contra-espacios culturales, institucionales y discursivos, perturbadores, intensos, incompatibles, contradictorios y transformadores, que están ahí, latiendo como proyectos de construcción histórica”. Así, en pocas palabras, la utopía también debe ser una apuesta política para construir imaginarios de futuro haciéndolos diariamente.