Por: Lcdo. Augusto Costa Zabaleta
El odio es de los extremos más peligrosos al que nos enfrentamos, en este momento; la tecnología que nos permite el acceso universal a cualquier persona ha servido para que nos conectemos en una extrema división; son tiempos en los que el conflicto moviliza más que las propuestas; terminamos por convertirnos en una sociedad global de desarrollo la lengua común de la ira, a la que le crecieron dedos como dagas virtuales; han extendido la amplitud del suplicio humano al espacio interminable de las redes sociales, allí reside menosprecio no solo a quienes los contradicen, si no a los que lucen de otra manera, aman distinto o comen diferente.
El odio está tan presente que nunca es necesario hablar de él; no terminamos por comprender la profundidad que alcanza en cada aspecto de la vida diaria, pero es real, existe y está activo, es fomentado por el miedo a quienes no son iguales a nosotros; el odio cabalga sobre ese miedo exagerado a lo que no conocemos, a la incertidumbre, a que venga un cambio; estos temores absurdos se han colado en la escuela, en los hogares, en las oficinas y en las instituciones.
Las redes sociales son el ministerio de propaganda del odio, millones de Goebbels, como hienas jubilosas ante lo descompuesto, desatan su furia digital; nuestro mundo es un lugar que se va haciendo más inestable emocionalmente, pero, sobre todo, más empobrecido en el espíritu; las diferencias, que algún día nos dieron fortaleza y sirvieron de empuje hacia la innovación y mejora de nuestros entornos, ahora son detonantes de nuestras peores debilidades; la sensatez ha sido secuestrada por el anonimato del mundo digital y la polarización de nuestras ideas; dejamos atrás los debates con argumentos para enfrascarnos en una riña alimentada con la bilis que salpica de los enconos.
El sentido que le damos a la religión, a la política, a la raza, o a todos estos juntos, nos divide en los entornos más importantes y fundamentales de la convivencia humana; este desprecio disfrazado se cuela en los núcleos íntimos de la sociedad como quiebra matrimonios, hermandades y compadrazgos; la envidia, los chismes, el orgullo y la falta de autenticidad, nos ha llevado a escondernos en un don recién desarrollado de enjuiciar a todos menos a nosotros mismos; uno de los principales problemas de esta situación de odio en que nos empeñamos en vivir en cuevas en donde solo se escucha nuestro propio eco; en este momento en que hay tantos medios disponibles, seleccionamos cuidadosamente en cuáles creer; aun cuando pensamos estar informados, fallamos en cómo escogemos las fuentes de información; por lo regular no optamos por una alternativa que nos alimente de nuevos recursos, si no por las que nos contaminan más de nosotros mismos.
Hay líderes políticos que, al no tener propuestas, solo pueden obtener votos fomentando el conflicto; en las últimas décadas hemos dejado de discutir por opiniones y nos enfrentamos por cómo vivimos, cada día más enemigos que rivales.
Lcdo. Augusto Costa Zabaleta
Ced. # 1100310455
