El corazón de jesús                     

P. Milko René Torres Ordóñez

En la Historia de la Salvación existen tres palabras clave que nos llevan a sumergirnos en el mar cálido del corazón de quien sabemos que nos ama: Dios, Pueblo, Alianza. La palabra misericordia es la que define, de mejor manera, a Dios. El padre que ama, espera, perdona. El Buen Pastor que entrega su vida por sus ovejas. Nunca las abandona. Tiene entrañas cuyo lenguaje y sentimientos dignifican la ternura. Los profetas hablan palabras de esperanza.

Ellas nacen del corazón de Dios. Ezequiel, uno entre tantos, ensalza su naturaleza: “Yo mismo buscaré mi rebaño y lo cuidaré”. El Dios de Israel no es un rey sin corazón. Es único e irrepetible. Nace, muere, vive, junto a los suyos. Como tal, es justo y solidario. Es el rey que gobierna nuestra vida. Aquel que entregó a su propio hijo para que tengamos la dicha de disfrutar de la plenitud de la gracia a manos llenas: “Si por un hombre vino la muerte, por un hombre vino la resurrección”. San Pablo trasunta el amor de quien le cambió la vida, que lo cegó para mostrarle, al instante, la sublimidad de la luz, su fe nueva. Cristo tiene que reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. El enemigo más poderoso que deberá ser destruido será la muerte. Dios será todo en todos. Estas enseñanzas transmiten esperanza. Son los signos que preanuncian un mundo nuevo. Nos corresponde asumir la misión de proclamar, por todos los rincones de la tierra, que el reino de paz y de justicia ya ha llegado. Desde Nazaret hasta Belén, José y María preparan el camino del Señor. En el tumulto de los pastores, la humildad de los sabios de oriente, en la gloriosa sinfonía de júbilo de los ángeles, en la crueldad de Herodes, un rey viene, sin la corona ostentosa de un poder opresor, para cambiar la historia de la humanidad. El pesebre será su trono. La cruz, su estandarte. La resurrección, su emblema. Dios ha escrito una historia de amor en el corazón de cada hombre de buena voluntad. Desde los primeros momentos de la vida de Jesús la contradicción lo hace eterno. Por Él, muchos, se caerán y se levantarán. Con Él, nosotros, somos hijos de Dios. Por su bautismo, heredamos la vida eterna. Pregoneros de la caridad. Esta será la contraseña para entrar en su reino: “Cada vez que lo hicieron con uno de estos, mis pequeños, conmigo lo hicieron”. A modo de composición de lugar, acompañemos a Jesús a una de sus excursiones por tierra de samaritanos. El hecho de ser rechazados no justifica la diatriba de Santiago y Juan, amigos, compañeros y discípulos. ¿Debemos pedirle al Señor que haga caer fuego del cielo para satisfacer nuestro ego?  Y ¿complacer a una buena madre para que ubique a sus hijos en un lugar de privilegio en el reino de Jesús? Él, siendo de condición divina, renunció a sí mismo para hacernos beber el cáliz de la Nueva Alianza. Cristo, vive en nosotros. Es el Cordero de Dios que quita nuestros pecados. Nos invita a compartir su comida. A beber el mejor vino. Como sus mejores aliados.