Los seres humanos podemos elegir, de hecho, nuestra vida se construye en base de decisiones que tomamos a cada momento, desde las cosas más simples, hasta las más trascendentales. Los seres humanos somos libres tomar nuestras propias decisiones, o al menos eso creemos, y es que el debate sobre la existencia o no del libre albedrío se remonta a la edad media y ha sido abordado por la teología, la filosofía moderna, el derecho, la sicología, e incluso por la literatura y las artes.
A pesar de que la mayoría puede afirmar que toma sus decisiones libremente, para muchos investigadores el libre albedrío no existe ya que las emociones, el entorno y las experiencias previas influyen en las decisiones que se toman. Para otros, las decisiones pueden ser incluso direccionadas empleando técnicas de persuasión e incluso manipulación. Sin importar como lleguemos a una decisión determinada, somos moralmente responsables de sus consecuencias.
El Señor nos ha dado libre albedrío, pues nos deja elegir entre la vida y la muerte: “Hoy pongo al cielo y a la tierra por testigos contra ti, de que te he dado a elegir entre la vida y la muerte, entre la bendición y la maldición. Elige, pues, la vida, para que vivan tú y tus descendientes” (Deuteronomio 30). Y será nuestra decisión si obedecemos o no a su palabra: “Acontecerá que si oyeres atentamente la voz del Señor tu Dios, para guardar y poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy, también el Señor tu Dios te exaltará sobre todas las naciones de la tierra.” (Deuteronomio 28). Lamentablemente la mayoría opta por no obedecer su palabra y uno llega a cuestionarse ¿realmente tenemos libre albedrío para escoger seguir a Cristo y proseguir hacia nuestra salvación?
Nuestra naturaleza humana está inclinada hacia lo que no edifica y obedecer la palabra de Dios no es fácil para la mayoría. Si bien fuimos “creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2), al final “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3). Por eso el hombre no tiene libre albedrío cuando de escoger a Dios se trata. El hombre es un esclavo del pecado, y cuando el hombre escoge libremente siempre va a escoger el pecado. Por lo que para escoger a Dios, tendría que cambiar su naturaleza y solo el Señor hace la transformación que permite al hombre “escoger” libremente a Cristo.
