Séptima Historia: “Bailando bajo la lluvia”

SABEL

Fue una tarde de agosto. Hace tanto tiempo no llovía, o por lo menos, antes no sentí la lluvia. Pero aquella tarde, se preveía diferente de otras tardes mojadas. Era discretísima, sin relámpagos menos truenos.

La percibí al salir del estacionamiento. Llamó mi atención el enorme arcoíris que cubría en diadema, de ancho en ancho el perímetro de la ciudad.

¿Qué tenía de especial esa lluvia? No sabía, pero me cautivó ese aire fresco que anunciaba bendición. Me detuve, parada en el tiempo, dispuesta a regalarme unos instantes para ver llover.

Fui consciente de lo valioso que es estar viva. Repasé mis días copados y vacíos, caí en cuenta mi rigidez, me tomaba muy en serio las cosas. Mi obsesión por ser eficiente y no fallar, me arrastró al perfeccionismo. Así, estaba endurecida, incapaz de estar en contacto con mi mundo.

Seguramente hasta los animales eran más conscientes de su entorno natural. Me descubrí torpe. Un pajarillo parado en un alambre de luz, celebraba la lluvia. Me percaté, que hacer una locura de vez en cuando es una cuestión básica para mantener la cordura.

En ese instante, un repartidor de pan en bicicleta salió, pero al ver el escenario lluvioso, dejó su vehículo de lado y empezó a bailar. Me provocó risa, no carcajeaba así desde siglos. El hombre sonreía, jugaba, cantaba, vibraba tan alto, que me contagió. Decidí salir a bailar y sentirme lluvia, volví a la niñez. Bailando bajo la lluvia, reviví.