“Con la misma leña del amor”

SABEL

Desde que tengo conciencia vi que en la casa nunca faltó el fogón de leña. Antes como ahora, la misma leña nos abriga y desabriga.

A los cinco años de edad, colocada en cuclillas junto al fogón, veía la llama amarilla de la leña rodeando la gran olla tiznada, en la que cocinaba mi tía. No entendía por qué la llama de fuego a unos lastima y a otros no. Lo cierto es, que eso fue algo incomprensible. Pero lo que si entendí es que con esa leña hay cosas triviales como misteriosas que suceden. Se cocina, se abriga el ambiente y algunas cosas se consumen en cenizas.

Digo así, porque en ese tiempo, mi querida tía era una muchacha enamoradiza; y, a la vez que preparaba la comida para la familia, leía las cartas de amor que enviaban sus pretendientes y decía, son mentiras, lanzándolas al fuego para que se reduzcan a nada.

La cuestión es que, con la misma leña, desde entonces he quemado tantas esperanzas, a la vez, he abrigado pasiones. Porque el amor es el mismo. A veces causa temor, soledad, angustia; y, al contrario: bríos, consuelo, alegría.

No obstante, la idea del amor o desamor consume la vida. Y aunque resulte difícil no sentirse atraído a su tibia caricia, su leña da el fuego que, aunque duele, transforma. Así, hay gente marcada de por vida, pues siendo espina se hacen rosa, o viceversa. A mí me dejó solamente fragancias a flores y aun así, mi corazón lo celebra gozoso. Con la misma leña del amor todo arde.