La semilla del odio

Luis Pineda

Siempre he tenido la inquietud de cómo una persona puede llegar a odiar a otro ser humano. He leído numerosos textos de psicólogos, sociólogos, antropólogos sobre el tema. Cada corriente de las ciencias sociales mantiene su vertiente y su tendencia para explicar una problemática tan compleja. Les comparto un fragmento del artículo “La construcción del discurso de odio: El nacimiento de una nueva religión” de Juan José Tamayo, que, por su sencillez y profundidad, al mismo tiempo, nos puede ayudar a conocer los mecanismos que nos llevar a ver en las demás personas a un enemigo y no a ser humano compañero de camino:

 “Estamos viviendo una nueva y preocupante situación en las relaciones entre religión y política: la alianza entre la extrema derecha ultra-neoliberal, homófoba, sexista, racista, xenófoba, antiecológica, negacionista del cambio climático y de la violencia machista, y las organizaciones cristianas integristas de carácter fundamentalista.

El odio no surge de la nada, tiene un contexto histórico y cultural específico, unos motivos, unas causas, unos porqués. Son “unas prácticas y convicciones fríamente calculadas, largamente cultivadas y transmitidas durante generaciones” (Contra el odio, Taurus, 2019, 53), alimentadas por foros de debate, publicaciones, medios de comunicación, canciones, discursos, tertulias.

Primero, se identifica a un enemigo, generalmente colectivo, destacando sus rasgos negativos: las mujeres, las personas migrantes, refugiadas y desplazadas, negras, indígenas, musulmanas, judías, gais, lesbianas, bisexuales, transexuales.

Después se construyen las razones de dicha encarnación y del motivo del odio:

A las mujeres se las discrimina por considerarlas inferiores, se ejerce dominio y violencia sobre ellas desde la masculinidad hegemónica, e incluso desde la masculinidad sagrada, y se llega al feminicidio como expresión extrema del odio a su vida, a ellas que son dadoras de vida.

A las personas y los colectivos migrantes y refugiados se les considera culpables de todo: de la inseguridad en el país que los acoge; son desagradecidos, ladrones, pendencieros, quitan el trabajo a los ciudadanos nativos, suponen un gasto adicional al Estado, se aprovechan de los servicios sociales, sanitarios, educativos.

A los musulmanes y las musulmanas se les acusa de fundamentalistas, violentos, machistas, atrasados, fanáticos, enemigos de Occidente, contrarios a la democracia, con un derecho de familia distinto que permite la poligamia, etc.

A las personas LGTBI se las odia porque mantienen relaciones afectivo-sexuales antinaturales, son personas enfermas a las que curar y, desde el punto de vista religioso, pecadoras.  

A las personas negras se las racializa desde el supremacismo blanco, que pone toda la maquinaria del Estado, especialmente los cuerpos y fuerzas de la llamada “Seguridad”, al servicio de la represión de las minorías negras llegando a su asesinato inmisericorde.

Las personas odiadas dejan de percibirse como individuos concretos y se convierten en un colectivo abstracto “ficcional”. Se odia a los colectivos previamente desdibujados, a quienes se difama, desprestigia y desprecia.”

Todos nos preguntamos ¿qué hacer frente a estas realidades? En el próximo artículo comentaré sobre esta interrogante.