¿Tomar o no tomar dióxido de cloro?

César Correa
elcesarbelt@yahoo.com


Hay muchas recomendaciones, testimoniales, a favor del consumo de dióxido de cloro para preservar la salud amenazada por la pandemia, en tanto que las autoridades lo prohíben por considerarlo un tóxico, desconcertando a una población desesperada por la grave falencia del Estado ecuatoriano para combatir el mal ¿Qué hacemos?
Más de 10 obispos del Ecuador dirigieron al presidente una carta en la que claman porque se autorice la utilización controlada del dióxido de cloro para auxiliar a los pacientes que han dado positivo, porque aseguran contar con abundante evidencia de que los resultados son satisfactorios. No podemos considerar como aventurado o precipitado ese criterio de los obispos.

Quisiéramos que los colegios de médicos y las facultades de medicina humana se pronunciaran al respecto, sobre todo acerca de los riesgos de tomar el dióxido de cloro. Nos están fallando, como han fallado bárbaramente los colegios de abogados que guardan silencio ante una sentencia condenatoria por “autoría mediata” o por “influencia psicológica”.

El asunto es mucho más grave por la sospecha de que por medio está el millonario negocio de las farmacéuticas. El dióxido de cloro existe en abundancia y es sumamente barato, por lo que es muy fácil obtenerlo, sin que se presente la oportunidad de que el público tenga que hacer egresos en beneficio de la industria farmacéutica. La sospecha va acompañada de un mal pensamiento, de que existe una especie de colusión entre los gobiernos y las empresas que lucran con la salud de las personas.

En Oruro (Bolivia), la Universidad, el Municipio y otras instituciones han aprobado la preparación y distribución, bajo control médico del dichoso dióxido de cloro, con la intervención de profesionales que por su experiencia tienen la convicción de la bondad de la substancia para preservar la salud, pues quienes la están consumiendo no se contagian. Aseguran además que desde hace años se viene curando la diabetes, el alzheimer y el autismo, sin que se presenten síntomas de intoxicación, (“no es más que un agua mineral” afirman).

Sospecho que el éxito de Oruro va a demostrar que el neoliberalismo en el que nadan las industrias farmacéuticas desprecia la vida humana y no tiene más objetivo que el de esquilmar a la humanidad para que las empresas se llenen de dólares.

La pandemia y el dióxido de cloro van a aportar poderosamente para erradicar la medicina-negocio para que únicamente quede como un servicio público, que el Estado debe ofrecer a toda la población.

No existe por hoy otra alternativa que la de informarse más sobre el dióxido de cloro para empezar a tomarlo, en dosis adecuadas y por el tiempo que sea recomendable.(I).