Frutos

Fernando Oñate

El sembrador salió a sembrar y mientras sembraba, parte de la semilla cayó junto al camino; vinieron las aves y la comieron. Parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra; brotó pronto; pero salió el sol; y porque no tenía raíz, se secó. Otra parte cayó entre espinos; los espinos crecieron, y la ahogaron. Pero parte cayó en buena tierra, y dio fruto. Jesús narraba la parábola del sembrador para enseñarnos como la palabra de Dios llega de manera diferente a las personas, en algunas encuentra indiferencia, y se pierde como la semilla caída sobre el camino; en otros encuentra entusiasmo que nunca hecha raíz, y muere como le ocurrió a la semilla en terreno pedregoso; en algunos encuentra interés, que luego es asfixiado por los afanes de este mundo, como aquella que cayo entre espinos. Pero afortunadamente, en muchos otros  encuentra tierra fértil que permite que la palabra de Dios se enraíce en sus corazones, crezca y dé fruto abundante.

En la carta a los Gálatas el Apóstol Pablo enseñaba que “el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” frutos agradables para el Señor.  Jesús decía “por sus frutos los conoceréis” y afirmaba que “todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos”. Jesús y Pablo se referían como frutos a los actos en la vida de la persona, que muestran si el corazón es recto o no. El Espíritu Santo es la energía que activa en el cristiano una nueva vida por la que puede producir el fruto.

Si el grano de trigo muere, da abundante fruto nos decía Jesús. Y hacía referencia a que en nuestra manera de vivir algo debe ser desechado, algo debe morir para que una nueva vida comience; entonces, seremos llenos del Espíritu Santo de Dios y tendremos abundante fruto. Es así como podremos amar al prójimo como a uno mismo, ninguna dificultad podrá robarnos el gozo; tendremos paz en medio de la tormenta, esa paz que excede todo entendimiento; con paciencia sobrellevaremos cualquier situación, por molesta que sea; seremos benignos para nuestro entorno, viviendo en integridad; seremos bondadosos, procurando el beneficio del prójimo; la fe en el Señor y en sus promesas nos dará la fuerza para seguir cada día. Seremos mansos y humildes para someternos a Dios y a su voluntad con total confianza; y no habrá nada que nos aparte del camino, pues la templanza nos dará la libertad que el dominio propio da a los que no se someten a sus impulsos.

La mejor manera de influir positivamente en nuestro entorno es dejando morir nuestra mala manera de vivir, naciendo de nuevo, siendo llenos del Espíritu Santo y produciendo abundante fruto.  Sigo ese camino; ¿y usted?