Cultura de paz

Juan Luna

“La cultura de paz consiste en una serie de valores, actitudes y comportamientos que rechazan la violencia y previenen los conflictos, buscando identificar las causas y solucionar los problemas mediante el diálogo entre las personas, los grupos y las naciones; teniendo en cuenta un punto muy importante que son los derechos humanos” (ONU 1999). La cultura de paz está orientada a recuperar los vínculos de convivencia, armonía, confraternidad entre las personas y la naturaleza, para desterrar manifestaciones y expresiones de violencia que destruyen sociedades y personas en su integridad y dignidad humana.

El Objetivo de Desarrollo Sostenible No. 16, bajo el título “Paz, justicia e instituciones sólidas”, resumen un llamado a la sociedad para fomentar un desarrollo que, a la vez que facilite el acceso de todas las personas a la justicia y a la paz, dentro de un marco institucional y legal en todos los niveles. La vivencia de un estado y de una sociedad pacífica se refleja en la justicia e igualdad al alcance de todos.

Juan Pablo II, decía con vehemencia “si deseas la paz, trabaja por la justicia”. La Paz y la justicia van de la mano, y son el resultado de un proceso constante de luchas, en la mayoría de los casos violentas y manchadas con sangre de inocentes. Jesús es un buen ejemplo, pues su muerte cruenta y sangrienta fue el resultado del anuncio del Reino de Paz y de Justicia, que sin duda, incomodó a los poderes civiles y religiosos de la época. Francisco de Asís, en el atardecer de la edad media, estableció la fraternidad como estilo de vida. En la sociedad moderna, Gandhi, el gran profeta de la no violencia, demostró que “no hay caminos para la paz, sino que la paz es el camino”.

Los ideales de paz siempre han estado presentes, sin embargo, la realidad dista mucho. Si revisamos las redes sociales o los diversos medios de comunicación se evidencian violencias evidentes y ocultas, fruto de estructuras de injusticia, explotación, pobreza, marginación, exclusión, descarte; y es visible en las calles y en los hogares; en la política y en la economía; y, que se extiende por todo el tejido social sin freno alguno.

Cambiar esta penosa realidad, no implica solamente construir o reformas leyes, o endurecer las penas, tampoco atraviesa por el control policial y seguridad. Se trata SÍ de orientar, formar y trabajar incansablemente por realizar cambios conceptuales, mentales y estructurales muy profundos, los mismos que deben ser orientados a recuperar y practicar valores trascendentes: la justicia, la equidad, el respeto, la tolerancia, el diálogo fraterno, así como erradicar la pobreza y romper las estructuras de injusticia y violencia, de la cual todos somos responsables sino se emprende un trabajo fuerte, vigoroso y apasionado con auténtico sentido de unidad, de solidaridad y de paz.

Hablar de paz, nos conduce a un estilo de vida justo, equitativo, incluyente. El Papa Francisco llama “la cultura del encuentro” que tiene que ver con el reconocimiento del otro, en la comunicación cercana y una actitud de comprensión y consuelo.