Atahuallpa y la nacionalidad ecuatoriana (II Parte)

Santiago Armijos Valdivieso

(Continuación) Luego de conquistar y anexar el Reino de Quito al Tahuantinsuyo y haber vivido intensamente en las tierras del norte, junto a su esposa Paccha-Duchicela y a su hijo Atahuallpa; Huayna-Cápac decidió retornar al Cuzco. Aquello, generó profunda tristeza en el corazón del inca, debido a que, al hacerlo, sabía que cortaba para siempre el afectuoso vínculo físico con la mujer amada y con el hijo quiteño en quien vio a un digno sucesor para llevar su llauto (trenza de colores que daba la vuelta la cabeza del Inca) y su maskaypacha (borla roja que iba en la parte delantera del llautu).

El viaje del Inca al Cuzco generó enorme expectativa tanto en el norte como en el sur del imperio inca, al punto que su paso por cada uno de los pueblos del incario generaba respeto y alegría. Para describir aquel traslado imperial, Benjamín Carrión nos dice lo siguiente: <>. Coinciden varios historiadores en que, a su regreso al Cuzco, presionado por la celosa Coya, su ambicioso hijo Huáscar y la corte imperial; Huayna-Cápac viajó muy enfermó -posiblemente afectado por paludismo- y atormentado por saber que, a su muerte, sus dos hijos: el quiteño Atahuallpa y el cuzqueño Huáscar se iban a enfrentar inevitablemente por el llautu (corona) del Tahuantinsuyo. Según el historiador inglés Guillermo H. Prescott, en su afamada obra de consulta: Historia de la Conquista del Perú, el Inca Huayna-Cápac para evitar el inminente enfrentamiento de sus hijos habría resuelto lo siguiente: <>. Consultando algunas obras históricas me quedo, por la abundancia de fuentes que contiene, con el libro de Guillermo H. Prescott que tengo citado, en el que se asevera que la paz entre Huáscar y Atahuallpa duró casi cinco años; la cual se rompió por el impertinente reclamo de Huáscar sobre los territorios de Tomebamba (región de los Cañaris, hoy provincias de Cañar y Azuay) a lo que Atahuallpa reaccionó con fuerza y determinación. Ello encendió la mecha de una sangrienta guerra que el quiteño Atahuallpa la ganó con esfuerzo y sangre, junto a su bravos generales Rumiñahui, Quizquiz, Calicuchima y al ejercito quiteño, para coronarse como el último Inca del Imperio del Tahuantinsuyo, por cuyas venas circulaba sangre cuzqueña de su padre: el Inca Huayna-Cápac y sangre quiteña de su madre: la Shyri Paccha-Duchicela. Se deduce que luego de ganar la guerra y consolidarse como el nuevo Sapa-Inca, ataviado esplendorosamente con la maskaypacha cuzqueña y con la esmeralda de los quiteños, el gran Atahuallpa o Atabalipa gobernó el incario por menos de dos años hasta que el español Francisco Pizarro y sus tropas lo asesinaron en Cajamarca el 26 de julio de 1533.

A breves rasgos, esa es la historia de nuestro valeroso líder histórico, cuyos ojos se abrieron por primera vez para contemplar el cielo protector de lo que fuera el Reino de Quito; quien es el más lejano e importante eslabón que sostiene y sostendrá -justifica y justificará- la nacionalidad de quienes somos parte de la República del Ecuador; país pequeño en extensión e inmenso en belleza, fascinante, generoso, multicolor, amado, tantas veces golpeado por la estulticia politiquera y demagógica de falsos líderes, pero nuestro al fin; del cual nos sentimos tan orgullosos por habernos cobijado en su cálida bandera tricolor que; cuando flamea y desafía al viento sin importar donde nos encontremos; nos encrespa el corazón de respeto, nos humedece el alma de emoción y hace que nuestros pulmones exhalen suspiros de cariño hacia la patria amada. Siempre será un deber ineludible para quienes somos ecuatorianos revisar y recordar con orgullo, una y otra vez, la vida de Atahuallpa Yupanqui Duchicela, último príncipe del Reino de Quito, último Inca del Tahuantinsuyo y sostén hercúleo de la nacionalidad ecuatoriana.