Tolerante conocimiento

David Rodríguez Vivanco

Al pueblo lojano lo comprende el que lo conoce. Viajando se vive el pasado y el presente; se conoce su historia y la historia es el alma del paisaje. Todo lo que no tiene historia está destinado a vivir encanijado.

Frente a tantos lugares arqueológicos la vida se detiene siglos. Hay lugares para el arte y la ciencia. Hay pueblos con psicología complicada, semejante a su geografía y etnia. Los artistas y escritores buscan comprenderla por razones de individualismo exacerbado; de espiritualidad religiosa; por efervescencia política o regionalismo; y la historia lojana nubla la visión del escudriñador.

Para comprender al lojano, propongo una división de poblados en donde se encuentran dos clases: el pobre que morirá pobre porque se ha resignado a ello; y el pobre que niega su pobreza como destino y que ha tomado el camino de la subversión contra los opresores o la infiltración en ellos. Los primeros son nativos de los poblados provinciales, y los segundos son, comúnmente, forasteros con ansias de dinero, honores y favores. Por lo tanto, dos clases de valores: sinceridad y difrasismo. Enojado el individualismo asoma el lojano con sus distintivos idiomáticos, de gesta, de procedimiento, como algo excepcional, hecho de varias piezas, con mucho de simpatía, de orgullo, algo de bohemio y de conquistador. Por otro lado, el lojano del interior provincial se caracteriza por su exaltación religiosa.

Como en todas partes, hay influencia bursátil. Muchas cosas no hacen los capitalistas por pensar en los beneficios. Hay pueblos que por influencias emigradas no tienen otra ocupación que la de enriquecerse. No aman el esfuerzo por el esfuerzo y poco se convencen de que la felicidad de los pueblos es obra de todos. Momento en que la provincia se asoma mediocre a los ojos del mundo.

Loja no cuenta con cinturones de miseria, producto de la migración campesina inconforme con el sistema de tenencia de tierra al estilo colonial. La pobreza está en el centro de la urbe, donde la mayor parte de la población habita en condiciones humillantes. Numerosas familias sobreviven haciendo sus elementales servicios en la calle o en servicios públicos, pagando un arrendamiento en más del 30% de sus ingresos. Un problema marginado por el gobierno y sus servidores.

Las “ciudadelas” han sido construidas por un porcentaje bajo de empleados públicos sin casa, con un afán de propaganda política tendiente al beneficio de los problemas de las clases desposeídas. Por otro lado, se envejecieron contornos de la ciudad, se hicieron avenidas y se construyeron barrios residenciales, con el fin de que la propiedad llegue a una valoración apreciable. Se aplaudió la obra y ciertas familias adquirieron altas ganancias, redoblado su fortuna y desapuntalando el progreso urbanístico. Buscaron aumentar la plusvalía con la ayuda de gobierno y municipio para vender a buenos precios los lotes. El crecimiento de la ciudad y los esfuerzos colectivos sinceros del pueblo han sido explotados por los dueños de las cuadras, fincas y solares de la ciudad. Mientras tanto, la autoctonía de Shucos, Chinguilanchi y otras, carecen de ingresos para el sólo paso del río y de todos los servicios básicos.