¿Liberación femenina? o ¿liberación social?

Campos Ortega Romero

A propósito del día 8 marzo, saludamos a la mujer, lojana, ecuatoriana, haciendo nuestras las palabras de José Martí: “No es que falte a la mujer capacidad alguna de las que posee el hombre, sino que su naturaleza fina y sensible le enseña quehaceres más difíciles y superiores” y con ello recordamos que en Nueva York, el 8 de marzo de 1857, mueren 139 mujeres que luchaban por mejores condiciones laborales, incluyendo la jornada de ocho horas y la eliminación del trabajo nocturno. Estas obreras de una hilandería fueron encerradas y quemadas dentro de las instalaciones fabriles, como única respuesta a sus reclamos, ante la pasiva presencia de policías y patrones. 

En verdad fueron las mujeres socialistas, quienes por primera vez, recordaron a estas mártires del siglo XIX. En 1910, al realizarse la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, se propuso al 8 de marzo como jornada de lucha por los derechos de la mujer y a la vez, como recordatorio y homenaje de las obreras de Nueva York. En 1975, las Naciones Unidas proclaman el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer. Con el transcurso de los años, las mujeres han conquistado mejores condiciones de vida, ya en el trabajo, el derecho al voto y el reconocimiento a su diaria accionar en la cotidianidad de los días.

Sin embargo de ello, no es lo mismo nacer blanca y ser obrera en un país altamente industrializado, que nacer india en el Ecuador y ser huasicama, sirvienta de hacienda. En ambos casos la mujer es prácticamente una casta aparte, que a su condición de explotación por la clase a la que pertenece suma la explotación debida a su carácter femenino. La condición femenina se presenta como un elemento natural del sistema. Un sistema donde impera la doble moral. En que los valores están impuestos por los intereses de los grupos dominantes. Así, la moral es estricta en cuanto se refiere a la conservación de la propiedad privada. Y la familia pasa a ser el instrumento básico para la conservación del “statu quo”. Es inmoral, por ejemplo, -como ocurre con la censura cinematográfica- todo lo que atañe al sexo. Es inmoral el robo. Pero no es inmoral la explotación inmisericorde de la campesina y de la obrera  

En este juego, la sociedad proscribe todo lo que atente contra su núcleo básico. Pero es incapaz de hacer desaparecer las manifestaciones más extremas y hasta usufructúa solapadamente de ellas. Tal es el caso de la mujer, objeto, cuyo cuerpo se explota en espectáculos o publicidad comercial. La mujer –reina del hogar, como rezan los anuncios de las licuadoras- asume el papel que le asigna la sociedad masculina: el de “complemento” del hombre. Lo cierto es que en todas sus variantes, la mujer ecuatoriana es producto y víctima de la sociedad Ante esta realidad, preguntamos: ¿Liberación femenina? o ¿liberación social?

Recordamos que la mujer, constituye foco de afección, concentrador de amor, constituye una energía de extraordinaria potencialidad y dadas sus otras aptitudes mentales y espirituales, representa la unidad moral del género humano. Que las cualidades por excelencia de la mujer son la imaginación y la esperanza; condiciones ambas de toda labor fecunda. La mujer no se distingue en la razón razonante; pero es casi infalible en la intuición, y ésta le lleva a aceptar el mal irreparable y a comprender que más honda que el mal está la raíz que penetra en lo íntimo de la naturaleza para producir nueva, esplendente floración. La mujer sabe esperar y es más valiente que el hombre contra los golpes de la monotonía rutinaria. Por ello en el Día Internacional de la Mujer. Cantamos a la mujer madre que sentada en un rincón del patio, ve elevarse la sonrisa de sus hijos como globos de colores mientras espera, un mundo en paz para este siglo que comienza. Así sea.