Lenguaje, razón y emoción

Galo Guerrero-Jiménez

Es verdad que lo humano no se constituye ni se legitima solo desde la razón; lo racional está validado, fundamentalmente, por las emociones que el ente humano experimenta a diario en contacto con el mundo. Pues, “las emociones tienen una presencia que abre un camino a la responsabilidad en el vivir” (Maturana, 2010). Por lo tanto, la razón para que no sea la producción de una mera objetividad, se complementa, se afianza y se proyecta desde lo más profundo de la subjetividad humana, es decir desde las emociones más sentidas que se canalizan desde el lenguaje. A decir de Humberto Maturana, “el lenguaje es mucho más importante para la convivencia de lo que habíamos creído hasta ahora…, lo mismo que las emociones” (2010).

En efecto, en cada espacio de convivencia, lo racional desde el “lenguajear”, es decir, desde el diálogo, se combina emocionalmente; se trata de un entrelazamiento de ideas, de pensamientos racio-emocionales que nos impulsan a reflexionar sobre nuestro quehacer no solo desde la razón, sino desde la emoción que es la que nos permite  verificar las consecuencias que nuestro modo de vivir produce en los demás cuando uno se encuentra con el otro. Pues, entre razón y emoción “uno aprende el mundo que uno vive con el otro” (Maturana, 2010) dado que desde el “lenguajear” “el otro lo puede escuchar a uno solamente en la medida en que uno acepta al otro; (…) la aceptación del otro se da en la emoción y no en la razón. Esto podemos apreciarlo en los niños pequeños. Cuando uno se acerca a un niño y uno le habla fuera del espacio emocional en que el niño se encuentra, este no se acerca a uno. Uno le ofrece la mano y el niño no la toma. Pero, en el momento en que uno se encuentra en la aceptación del  niño, en su emoción, el niño toma la mano. Ese gesto de tomar la mano es una acción que constituye una declaración de aceptación de la convivencia”. (Maturana, 2010).

En este sentido, estamos ante un fluir de la vida y desde una experiencia en la que el lenguaje, la razón y la emoción se combinan admirablemente. Maturana afirma que “así como el vivir humano se da en el conversar, el emocionar le sucede a uno en el fluir del conversar, y esto tiene una consecuencia fundamental: si cambia el conversar, cambia el emocionar, y lo hace siguiendo el curso del emocionar aprendido en la cultura que uno vive y ha vivido. Es debido a esto el efecto terapéutico de la reflexión como un operar que lo centra a uno en su cultura y en lo fundamental de lo humano que es el amor” (2010).

En efecto, el poder de reflexión, que no es otro que el análisis de nuestro decir, de nuestra conversación, de nuestro “lenguajear”, nos lleva al amor más sentido no solo de lo humano, sino a la convivencia más fraterna de todo cuanto existe en la naturaleza. Surge así, entonces, un lenguaje del amor. Una vez más, Maturana nos ilumina al respecto cuando sostiene que “el amor es el dominio de las acciones que constituyen al otro como un legítimo otro en convivencia con uno” (2010).

Nuestras acciones humanas, por lo tanto, no son otras que acciones de lenguaje desde la razón, pero ante todo desde la emoción; pues, ocurren en la vida cotidiana desde un continuo entrelazamiento dialógico, emotivamente conversacional bien al hablar, al escribir, al leer y al escuchar. Pues, son estos los espacios en los que las palabras, sobre todo desde nuestro potencial interior, llegan a tener su sentido pleno, honesto y significativamente humano, sobre todo de gozo en el vivir cuando aprendemos a reaccionar adecuadamente ante lo bueno y lo poco noble que a veces nos depara la vida.