La educación desde la ciencia, el humanismo y los libros

Galo Guerrero-Jiménez

Definir nuestras metas en la vida para saber para dónde queremos apuntar con nuestra naturaleza humana, debe ser un signo de enorme preocupación en el trayecto de nuestra educación continua, porque siempre estaremos pensando qué es lo que debemos aprender para que desde esa óptica podamos realizarnos razonable y humanamente.

Para ello, como señalan los investigadores Fernando Reimers y Connie Chung, es necesario “asegurar que la educación sea pertinente para las exigencias que los estudiantes enfrentarán en el curso de su vida (como la exigencia de tener larga vida y saludable, contribuir positivamente como miembros activos de sus comunidades, participar económica y políticamente en instituciones, a menudo locales pero también internacionales, y relacionarse con el ambiente de maneras sustentables es un desafío de adaptación” (2016) que, si se lo emprende racional, simbólica y significativamente, sabiendo que el reto mayor que tenemos en toda nuestra jornada de vida en la Tierra, es tener acceso al conocimiento más granado para que nuestro cerebro tenga las herramientas de pensamiento suficientemente sustentables para aportar al desarrollo de nuestra personalidad y de nuestra profesión u ocupación en el lugar que estemos inmersos como seres vivientes, sintientes y listos para aportar al desarrollo humano con nuestra mejor mirada intelectual, emocional y espiritualmente enfocada para la mejor orientación ecológica con la cual nuestros principios nos permitan actuar en esa relación profunda que debe existir con nuestros semejantes y con la naturaleza.

De ahí que, se vuelve prioritario vivir con los ideales más selectos que la humanidad ha venido trazando desde la ciencia y desde el humanismo en general, ya sea desde la cultura, la literatura y las artes, especialmente y, por supuesto, toda esta racionalidad debidamente pensada e ilustrada que, por un lado, consta en el cerebro de las mentes más brillantes que en las diversas profesiones y temáticas que la vida nos ha brindado, las impulsan y las promueven, por ejemplo, en la educación formal, tanto en la escolaridad como en las universidades; y, luego, toda esta maravilla del saber humano que está recogida en la escritura (en físico y virtual) en infinidad de documentos científicos, filosóficos, literarios y humanísticos a los que siempre debemos acudir para autoformarnos a partir de la lectura literal, inferencial, hermenéutica, fenomenológica, simbólica y estético-axiológica con la que nuestra cognición aprende a procesar toda esta riqueza científica y humanística que florece cognitiva y lingüísticamente en cada libro o documento que leemos para educarnos permanentemente a lo largo de nuestra vida.

En este contexto, los buenos maestros como mediadores, y los libros como los grandes modelos que aún tiene la humanidad para proyectar toda la sabiduría que ellos encierran, no morirá. Al contrario, y como sostiene la investigadora española Irene Vallejo: “El libro ha superado la prueba del tiempo, ha demostrado ser un corredor de fondo. Cada vez que hemos despertado del sueño de nuestras revoluciones o de la pesadilla de nuestras catástrofes humanas, el libro seguía ahí. Como dice Umberto Eco, pertenece a la misma categoría que la cuchara, el martillo, la rueda o las tijeras. Una vez inventados, no se puede hacer nada mejor” (2021), que no sea leerlos desde nuestra mejor consideración hermenéutica, axiológica y estéticamente asumida para el debido proceso metal de cada lector que es consciente de que, como señala el escritor Steven Pinker, “los ideales de la ciencia, la razón, el humanismo y el progreso necesitan una defensa incondicional” (2021) que solo puede ser asumida si, en efecto, así nos lo proponemos.