“Nada en esta vida debe ser temido, solamente comprendido. Ahora es el momento de comprender más para temer menos”.

Marie Curie

Desde que somos conscientes de que estamos dentro de una aventura, generamos espacios necesarios para iniciarnos en las labores de Hércules, en los caminos del pensamiento; hemos trazado la ruta buscando una felicidad redefinida sin artificios, y ahora toca arrancarse la veda del miedo, ese oscuro andrajo que nos impide ver claramente el camino y decidir con libertad. Pero ¿qué tiene que ver el miedo con la libertad? pues mucho, el miedo puede someter a un pueblo, encadenar a un hombre y moldear a un niño.

Pero no hablara de ese miedo de Drácula o La Momia, para eso ya hay programas y fórmulas televisivas de gran éxito. Yo hablaré del miedo físico como mecanismo, como reactivo fisiológico que puede salvarte la vida; y del miedo psicológico como lastre, trampa y antónimo de libertad. Miedos como portales, una vez que los atravesamos somos libres.

El miedo físico es una respuesta de supervivencia. Predispone en tiempo presente. Lo que es importante para huir, esconderse o defenderse. En algunos casos se generan respuestas fisiológicas como el aumento del ritmo cardiaco y sudoración, un torrente de cortisol y adrenalina que va orientado a nuestros estímulos para la acción frente a lo desconocido, lo inesperado y lo amenazante. Se trata de un miedo necesario, de un autoestima químico que está codificado en nuestro ser más ancestral, en forma de recetas fijas de conducta y eso nos permite reaccionar frente a las amenazas del reino animal al que pertenecemos.

La amígdala es la que orquesta todo, está asociada a la información sensorial y da pistoletazos al cuerpo, lo que genera reacciones físicas. Los animales salen y entran de este estado de supervivencia con rapidez, sin demasiada implicación. Hay especies que a los diez segundos de huir de su depredador come o se tumba a descansar. A otras les cuesta más recuperarse o no se recupera nunca. En este extremo, el ser humano es el máximo exponente porque somos capaces de generar un bucle de trauma y estrés continuo donde la amenaza no se desvanece, se ancla. Una rueda en la que el cerebro recibe más cortisol del debido con los consecuentes desórdenes metabólicos y declive del nivel de respuesta inmunológica que además consolida nuevas recetas de conducta con fobias de todo tipo.

Hay un proverbio chino que dice: “El que teme sufrir, ya sufre el temor”. Una de las principales cualidades que nos hace humanos es la capacidad de anticipar acontecimientos, de proyectarnos al futuro para analizar opciones y escenarios. La evolución ha premiado las conductas de análisis, saber organizarnos y tenerlo todo bajo control. Pero este mecanismo es capaz de ponernos en el peor de los escenarios desatando temores desorbitados ante cuestiones que ni han sucedido, ni tienen por qué suceder. Nuestro cerebro es muy hábil a la hora de dar corporeidad a esas sombras del futuro hasta convertirlas en una espada de Damocles que nos subyuga con miedos propensos a cronificar y a sumirnos en estados catastróficos, un profundo desequilibrio del cuerpo a través de la tortura de la mente.