Eloy Alfaro revolucionario y antiimperialista

Campos Ortega Romero

En la historia de los pueblos, la libertad y la justicia nacen en sus corazones y no tiene territorialidad ni tiempo, gesta heroica que los hace grandes a las mujeres y hombres e inmortales a sus líderes, como es el caso de Don Eloy Alfaro cuyo pensamiento, convicción, sueño y combates contribuyeron a un Ecuador digno y soberano. Con razón, anota Charles Péguy: “la libertad no es un brote político, parlamentario, escolar, libresco, sino al contrario, un llamamiento más profundo a otras fuerzas humanas, a humanidades más profundas..” El 5 de junio de 1895, con el triunfo de la Revolución Liberal, comandada por “El Viejo Luchador” Eloy Alfaro, se inscribe uno de los eventos políticos de mayores proyecciones de la Historia del Ecuador: el pronunciamiento de la ciudad de Guayaquil por la transformación liberal. La fecha constituye una nueva época de nuestra vida nacional e inicia un cambio de reformas, como fortalecer al Estado y regular las actividades económicas y modernizar la sociedad de ese entonces.

Para el año de 1896, con la fuerza de la Convención Nacional, Alfaro logra la vigencia de una nueva Constitución, en la que se libera al país de la injerencia del Vaticano, se acepta la libertad de creencias religiosas, se introduce el laicismo en la educación, se instituyó el matrimonio civil y el divorcio, se reafirmaron las disposiciones contra la libertad y todo tipo de discriminación social y racial. Se eliminaron los diezmos y primicias, la contribución territorial y el trabajo subsidiario para los indígenas. Se afirmaron las tradiciones de libertad, condenando al coloniaje norteamericano. Se realizaron reformas muy significativas en las acciones administrativas, fiscales, culturales y educativas. Todo esto como premio a su exilio, para dejar atrás las fronteras y hacer realidad sus pensamientos y sus escritos cuando desde Lima escribía a Roberto Andrade, “La hora más obscura es la más próxima a la aurora”.

Aurora que fue corta, por cuanto la oligarquía y la derecha se unen para llegar a la caza del poder, mediante la implantación del capitalismo en nuestro país, que instituyó un camino tortuoso, de lentos cambios de las relaciones económicas y sociales, procurando mantener siempre la gran propiedad sobre la tierra, para llegar a ello había que acabar con el liberalismo y su revolución y la vida de sus líderes. Para ello, los conservadores y los liberales de derecha articularon, por todos los medios, toda una campaña, responsabilizando a Alfaro y al alfarismo del caos que vivía la nación.

Acabar con la muerte de Alfaro, fue el decreto de la derecha y oligarquía del país, por el delito de ser un hombre convencido de sus ideales que expresó con hechos luminosos y contradicciones los alcances y limitaciones de su proyecto que constituyó la Revolución Liberal, mediante logros en nuestro país, Alfaro fue grande y antiimperialista por su permanente denuncia de las intenciones de la nación del norte y al poner al servicio su espada a otros pueblos de la Patria grande, demostró sus alcances latinoamericanistas. Por ello había que matarle.

En una criminal confabulación entre jefes militares, guardianes, curas, periodistas, aristócratas y empresarios, el 28 de enero de 1912, asaltan al penal García Moreno para asesinar, arrastrar y quemar a Alfaro y sus colaboradores en el parque El Ejido de Quito, acto de barbarie que fue calificado como: ”La Hoguera Bárbara”. Pero la muerte no fue sino la victoria definitiva del “Viejo Luchador” al recordar las palabras de Neruda: “Y aquí cayó tu sangre, en medio de la Patria fue vertida, frente al palacio, en medio de la calle, para que la mirara todo el mundo y no pudiera borrarla nadie y quedaron sus manchas rojas como planetas implacables”.

Preguntamos, porque no tomar el fuego de la hoguera bárbara, que constituyó la muerte de Alfaro, para iluminar el paraje oscuro que nos rodea, para hacer del fuego, el guardián eterno que mantenga viva la libertad que es la esencia del hombre, porque  el Espíritu es libertad para todos. Así sea.