La palabra tecnologizada en la educación de la era digital

Galo Guerrero-Jiménez

La palabra es un compromiso humano, es la identificación más radical de lo que en esencia es el ser de una persona, y por eso, desde la escritura la conciencia humana a través de la experiencia más honda de la subjetividad, logra alcanzar su potencial más pleno. En primera instancia, como bien sabemos, la oralidad, es decir la audición, ha sido y es el uso predominante para expresarse fonéticamente; luego, la escritura y la lectura introdujeron la grafía con “una nueva integración sensorial de la audición y la visión, que predominan sobre el pensamiento lógico (…), por primera vez la vista se introduce en la esfera del lenguaje” (Braslavsky, 2013); y, ahora, con toda la tecnología a mano: escritura, imprenta, computadora e Internet se ha logrado  tecnologizar la palabra al más alto nivel, de manera que, si se la interioriza adecuadamente, nos sirva para comunicarnos con toda nuestra compostura humana, idónea y armónicamente.

De ahí que, lo que nos queda ahora, en esta era de la cultura electrónica, de la palabra tecnologizada es que, a más de saber hablar, es necesario aprender a leer para aprender a decir nuestra palabra, sobre todo porque desde ella podemos contribuir un lenguaje adecuado para humanizarnos humanizando el mundo. Como sostiene Ernani María Fiori: “La palabra instaura el mundo del hombre. La palabra, como comportamiento humano, significante del mundo, no solo designa a las cosas, las transforma; no es solo pensamiento, es ‘praxis’. Así considerada, la semántica es la existencia y la palabra viva se plenifica en el trabajo” (2008); ante todo porque, como enfatiza la autora en mención al hablar de la escritura: “Escribir no es conversar y repetir la palabra dicha, sino decirla con la fuerza reflexiva que da a su autonomía la fuerza ingénita necesaria para instaurar el mundo de la conciencia, creadora de la cultura”.

Bajo estas circunstancias, la palabra tecnologizada, y todo lenguaje humano en general, si no logra el nivel de concienciación hasta las últimas fronteras de lo humano, no tiene sentido porque estaríamos frente a una conciencia vacía, y esto es inconcebible porque se trata de aprender a educarnos,  ante todo porque la cultura letrada no es un mero “juego de palabras, sino la conciencia reflexiva de la cultura, la reconstrucción crítica del mundo humano, la apertura de nuevos caminos, el proyecto histórico de un mundo común, el coraje de decir la palabra” (Fiori, 2008).

Por consiguiente, es oportuno aprender a decir nuestra palabra; sobre todo es necesario aprender a humanizarnos con ella y desde ella; por ende, la palabra tecnologizada necesita de una comprensión activa y de una inferencia axiológica y estético-antropológico-simbólica en virtud de que la acumulación de información en los textos físicos y sobre todo electrónicos, dificulta el procesamiento para una efectiva interiorización y concienciación del conocimiento desde la palabra escrita que hoy reposa en infinidad de soportes electrónicos y  que, por lo tanto, exige un nivel de lectura avanzada y analizada hermenéutica y metacognitivamente, puesto que su verdadera naturaleza está en el significado  intencional del autor y del lector que con su formación “aporta en términos de conocimientos, valores, experiencias y creencias, [lo cual] es tan importante como lo que el autor aporta a la creación del texto” (Braslavssky, 2013) y a su correspondiente interpretación.

Con la palabra tecnologizada, el nivel de lectura avanzada, por lo tanto, “se refiere a la capacidad de leer textos escritos de manera abstracta, con pensamiento crítico y manejo de recursos para resolver problemas procesando información compleja” (Braslavssky) desde la conmoción más sentida que todo lector tiene para procesar cognitivamente esa información.