Rumbo al Cisne

Juan Luna Rengel

La fe de los lojanos, del país y de fieles devotos de la advocación de Nuestra Señora del Cisne que se esparcen por el mundo entero se pone a prueba, luego de dos años de suspensión forzada por la pandemia del COVID-19 que al sembrar miedo y muerte por donde pasaba también impedía realizar manifestaciones públicas de fe y la vivencia espiritual estuvo centrada en la persona, la familia y pequeños conglomerados cuya esperanza no se desvaneció.

Terminado a medias estos tortuosos tiempos, nuevamente estamos convocados a peregrinar. El cuerpo, la mente, el corazón, junto a una fe viva, pone sus ojos en El Cisne, sí, allá en las más altas colinas de la provincia de Loja está el Santuario Mariano más importante de nuestra patria, allí una diminuta imagen de cabellos largos, grandes ojos con mirada profunda y misteriosa, vestida de variados trajes tiene en sus manos a su pequeño hijo y su centro de Reina y Madre.

Allí en el Cisne, desde su primera aparición en 1594 se empezó a construir lo que hoy constituye el Santuario Nacional y Basílica de Nuestra Señora de El Cisne. Este es el depositario de la fe, de la esperanza y de la caridad a donde miles y miles de peregrinos acuden este mes de agosto, sin importar el viento, la lluvia y el frío. Encender una velita, participar de la eucaristía y poner la mirada fija en la madre bendita basta para renovar su compromiso y volver confiado al trabajo y a la familia.

La fiesta madre es el 15 de agosto de cada año, coincidiendo con la fiesta de la Asunción de la Virgen María. Luego, el 17 de agosto, se inicia la caminata desde su santuario hasta la iglesia Catedral. Hombres, mujeres, niños, adultos recorren alrededor de 75 kilómetros con sus descansos respectivos en San Pedro de la Bendita, Catamayo, hasta llegar a Loja el 20 de agosto en donde es recibida con honores, pernoctando en la ciudad hasta el 01 de noviembre que regresa su aposento natural.

Cada caminante lleva en su mochila súplicas, plegarias y acción de gracias que se fortalecen mientras avanza por empinados caminos hasta que sollozante de gozo cumple con su meta. “Un año más madre mía estoy aquí, te doy gracias por el trabajito, por mi familia, te ruego cuides de mis hijos, de mi familia y no me desampares nunca”, parecen repetir en medio del cansancio y con su rodilla doblada se comprometen a volver, como si cada año fuera su primera caminata.

Así de sencilla es la fe del pueblo, del creyente humilde y sincero, que no necesita oropeles para agradar a Dios y a su madre, así de simple y natural son sus expresiones que nacen de un corazón contrito y necesitado, muy diferente de aquellos que nadan en la abundancia de un discurso vacío. Así es como quiere Dios y su madre a quienes le aman con un corazón puro, sincero y leal, muy distante de la superficialidad y relativismo que conduce al confort e indiferencia.

Vamos rumbo al Cisne, a donde llegan los peregrinos, como dice el artista Byron Caicedo “¡Qué viva la romería! A donde van cholos, blancos y negros; serranos y costeños, del oriente y Galápagos, tristes, pobres y humildes dejan campos y tierras para ir rumbo al Cisne y repetir, mi bella churona aquí está tu hijo, traigo mi canto andino para el peregrino, pon tus bendiciones entre las naciones”.