De la verdad a la posverdad

David Rodríguez

Dos más dos es igual a cuatro aquí y en Japón. Independientemente del idioma, el amoniaco tiene un átomo de nitrógeno y tres de hidrógeno, aquí y en Rusia. Pero por encima de este tipo de conocimiento estructural existe un vasto universo de materias donde nuestra inteligencia, por lo general, no alcanza a generar concordancia con los objetos de estudio porque son en sí mismos difíciles de definir, o porque carecemos del instrumental y el método, o porque se analizan sin libertad a través de las gafas de la cultura. Sea cual sea el obstáculo, nada nos detiene a la hora de franquiciar y monopolizar la verdad, de forma que si no hay concordancia nos estamos forzando a aceptar al menos un consenso, porque siete por siete es igual a cuarenta y nueve para todos, pero el capitalismo neoliberal, el islam, el marxismo, el tao, el protestantismo, etcétera, son solo grandes burbujas de socialización y consenso.

“Cree en aquellos que buscan la verdad, duda de los que la han encontrado” decía André Gide, este es un consejo de los que pueden cambiarte la vida. Los caminos son tan largos, que incluso aquellos que los recorren una vida entera los llaman iniciados, y por lo general las grandes mentes más se refieren a la verdad que se recorre de forma determinada y consciente o de forma personal e intransferible con acción y voluntad. No es un consenso que se pueda inyectar o inocular y desde luego no es un acto de fe. La fe como triple destilación de la confianza y la creencia no es sinónimo de la verdad ni siquiera son necesariamente complementarias, la verdad no entiende de banderas, camisetas, colores o símbolos; no entiende de derechas o de izquierdas, ya que en la gran mayoría de los casos quien acepta el consenso, a través de la confianza en su religión o ideología, pensaría diferente habiendo nacido en otra cultura o en otro estatus, esto cuesta mucho aceptarlo pero la demografía y la estadística lo corroboran. Tampoco la verdad reside necesariamente en la filosofía o la teología, o todos los filósofos y teólogos del mundo habrían llegado a idénticas conclusiones, dogmas, anatemas, cátedras, púlpitos y escaños, hay todo un centro comercial de franquicias en el mercadeo de la verdad.

En el siglo XXI, el acceso a la información y el fenómeno de la globalización han servido para darle una vuelta de tuerca al concepto de la verdad, el término, un neologismo acuñado en los 90, se refiere a que los hechos objetivos y reales tienen menos credibilidad o influencia que los sentimientos y creencias de los individuos al momento de formular una opinión pública o determinar una postura social.  En realidad, ha sido siempre así, pero la sobreinformación y la transmisión viral de contenidos hace que este mecanismo sea más voraz rápido y orientable que nunca.

Las noticias falsas y mentiras a coro, que crean escenarios delirantes donde los nuevos consensos puedan saltarse hasta la concordancia científica más básica, escenarios de posverdad. Hay muchos centenares en la política, en el terreno social medioambiental, en él revisionismo histórico, en el ámbito académico, en la ciencia y en la religión. Cada uno tiene su favorito, quizás porque parece que son los que evidencian mejor ese mecanismo que obliga a encorsetar la realidad y atraparnos un ojo para evitar la profundidad de campo.