“Loja cultural”

David Rodriguez

Loja es un conjunto de hechos históricos, geográficos y psicológicos; una provincia que posee su propia peculiaridad y que la manifiesta a través del comportamiento colectivo; una inmensa provincia con proporciones terrígenas en las que cada grupo presenta una cultura, con su dimensión y su situación histórica.

La cultura lojana se ha introducido en sus instituciones sociales, religión, dialecto, ideologías, políticas y prácticas jurídicas; en las realizaciones pedagógicas y en las normas que rigen a la constitución de la vida socioeconómica. Loja, a través de sus siglos de sufrimientos, ha generado un tipo de cultura que se ha hecho notoria en todo el tiempo y lugar. Encontramos a grupos humanos con rasgos característicos notables de unos grupos a otros grupos, aún dentro del mismo cantón.

Esta es una provincia poli étnica, en la que cada etnotipo necesita ser estudiado en su línea de fuerza para ser orientados en orden a una acción más transformadora, más eficaz. Cada etnotipo tiene su peculiar idiosincrasia y sus estereotipos y mitos, creencias, supersticiones, arte, folklor y costumbrismos. Cada etnotipo debe ser estudiado y orientado de acuerdo con su potencial energético. El runa de las zonas saragurenses es bebedor y pendenciero, amigo de la soledad, como todo tipo introvertido. El autóctono rayano es minguero, como una demostración de solidaridad humana y reproche al mercantilismo. Hay que enseñar a que esta virtud se reivindique y no sea engañada y explotada.

La cultura original fue brotada del suelo. Para ir a la grandeza tuvo que humanizar sus escenarios. Ella hubiera cumplido con esta grandeza, si las conquistas no la hubieran impedido. La personalidad tuvo que amoldarse y adornarse de imitaciones y de peculiaridades propias de la sujeción en que ha vivido. País dominado, sigue buscando la condición de su propio ser, como una libertad llena de limitaciones y controles. Total: nuestra cultura es de dependencia y de imitación. Hasta en la poesía han tomado, como en sus primigenios tiempos, al corazón como el único accesorio poético y hasta contertulio.

Nuestra literatura indigenista es de compadecidos: “donde se hicieron más locuras que entre los que compadecen, y que más daño hizo a la tierra que la locura de los que compadecen” (Nietzche). La literatura debe tender a la alegría y a la elevación espiritual y no ser sacos de tristeza, como huasipungo; con alegría, más que con incultura y despotismo, se puede hacer la revolución.

Algunos literatos no se cansan de vivir llorando por el pueblo pobre, sin denunciar el porqué de su pobreza, sin combatir al caciquismo, a esos pequeños tiranos que con poco empuje son los primeros que caen. Han acogido a la literatura de protesta (debe ser denuncia) mezclada con coca y marihuana, en lugar de una cultura de liberación, que combata a esa cultura paralítica y egoísta, beatífica e ignorante, de la tragedia. Nada hemos sacado con la canción protesta, en busca de una juventud dopada, y que es aplaudida por el imperialismo que nos vende paz, guerra, medicinas y armas. Las aves canoras que se libertan odian a las jaulas.

No hay que echar la culpa al espejo sino a la cara.