Que no se quemen los versos

Por: Sandra Beatriz Ludeña

Aunque hemos pasado los tiempos de la hoguera, hay quienes saben que ahora se quema la palabra, así como se borra la verdad.  

Escribir versos, escribir palabras son procesos de construcción de libertad. Leer historias o leer poesía, es también un acto revolucionario y acto cívico tan genuino como hacer opinión ciudadana. Por esto, hay que hacer de las palabras mariposas, que vuelen por todo lado, que dejen ver su colorido y diversidad. 

Por lo dicho hay que saber y valorar, pues, un poeta, un escritor y un lector (también), es un luchador revolucionario, alguien capaz de defender la libertad.  Los hombres de la palabra son quijotes que batallan por sus ideas. No hay misión más grande en la tierra que ayudar que la humanidad forme opinión. 

Por esto, vale la pena la lucha, por conseguir que el prójimo, el otro, rompa sus límites y sea capaz de tener libertad de ser, libertad de sentir, libertad de pensar y sobre todo, libertad de soñar —que también es actuar—.  Y en ese fin, la libertad del ser humano se encarna solamente, si otro ser humano le ayuda a reflexionar. 

Así la palabra se hace carne cuando se la siente y luego es lucha social, debate e incluso irregularmente conflicto, pero, ese camino es construcción. Por todo esto, que no se detengan, que sigan escribiendo, que sigan versando y que los que se dejan encantar por las palabras, continúen lecturando, escuchando, opinando, así se hace cambios, se crece como humano, se hace humanidad.

Porque las palabras son inmortales, a diferencia del hombre. Que manden a quemar los versos es posible, pero que logren quemar las palabras —como ideas que son—, imposible.  El hombre muere, pero sus ideales quedan. Entre belleza y libertad no hay mucha diferencia, porque los contadores de cuentos, los contadores de historias no solamente inspiran, también enseñan, abren los ojos, los sentidos, elevan la consciencia y de repente, nos descubrimos siendo otros, siendo como los personajes de aquellas historias. 

Así se construye un mundo mejor con contadores de verdades, con contadores de historias, y compradores de palabras, lectores, seguidores que se interesan por leer, por saber, por preguntar, o simplemente por sentir.

Todo esto no es una novedad, desde los tiempos de los grandes sabios hasta nuestros días, esta es una gran misión, porque a fuerza de decir, podemos lograr transformaciones, claro, hay un riesgo (inminente), el ostracismo es amenazante para quien se atreve, pero a riesgo de eso e inclusive de que se quemen los versos, la misión es esa, y se vive a tope.  Como la hormiga, que en escasos sesenta días de vida, no tiene tiempo sino para hacer lo que vino a hacer a esta tierra. Por eso señores, que no se quemen los versos, que no se quemen.