El baúl de los recuerdos: Por los caminos de Guanazán

Efraín Borrero E.

Hace algunos años acompañé a Vinicio Suárez, entonces Gobernador de la provincia, en una visita oficial a San Sebastián de Yúluc, parroquia del cantón Saraguro, situada en el punto norte más extremo de la provincia de Loja, en donde se forma un cuello estrangulado por las provincias de El Oro y Azuay. El viaje me entusiasmaba porque deseaba conocer esos lares que la mayoría de lojanos ignoramos.

Continuamos el recorrido hasta Sumaypamba, un maravilloso oasis productor, en grandes cantidades, de la mejor cebolla. Está situado a unos veinte kilómetros hacia el límite provincial con el Azuay. Es una localidad que por su ubicación tiene gran incidencia de esa provincia. Precisamente en ese sector se está desarrollando el proyecto eólico más grande del país a cargo de la Empresa Pública Electro Generadora del Austro ElecAustro S.A., con sede en Cuenca.  

El nombre de San Sebastián de Yúluc me era familiar porque desde joven conocí que fue una especie de “tambo” en la ruta hacia Guanazán, por parte de algunas familias hacendadas de Loja, entre los que se cuentan los Molina.

Darío Jaramillo, un veterano lugareño que conocía toda esa región, me conversó que Guanazán fue un pequeño caserío perteneciente a Yúluc, hasta que en 1861 se erigió como parroquia civil adscrita a la provincia de Loja, y posteriormente pasó a pertenecer a El Oro.

Ponderó que Guanazán ha sido tradicionalmente un emporio de cereales y de producción pecuaria; tierra de gente laboriosa, emprendedora y amable; y que, así como el Ahuaca en Cariamanga y el Colambo en Gonzanamá, allí se levanta imponente el Cerro Paltacalo.

Sobre las propiedades de la familia Molina aseguró que estas abarcaban los barrios de Cochaguro, Cuzhcapa, Paltacalo y la misma cabecera de Guanazán.

Hace más de un año, mi apreciado y recordado amigo, Luis Arroyo Cabrera, tuvo la generosidad de obsequiarme la obra «En la tierra del capulí», de autoría del destacado abogado y escritor cuencano, José Peña Ruiz, cuya narración literaria versa precisamente sobre el tema Guanazán, asunto que habíamos conversado en aquella ocasión con Darío Jaramillo en Yúluc.

El autor se refiere a Don Ubaldino Molina Molina, como un hombre amable, jovial, conversador, bromista, culto, buen lector y apegado a su fe religiosa. Estuvo casado con Zenaida Molina Molina, su prima hermana, y fue el amo y señor de las heredades de Guanazán.

En cierto día, estando en su aposento de la casa grande le vino la idea de crear un pueblo en su propiedad de Guanazán. Lo primero que hizo fue construir una pequeña iglesia, reservando en la parte de atrás una parcela para convertirla en cementerio. Mentalizó lo que sería la plaza central y donó algunas parcelas a su alrededor para que los pocos vecinos construyan sus viviendas; además de un aula para la enseñanza de la doctrina cristiana.

Dice José Peña que Don Ubaldino, hombre apreciado por las autoridades lojanas, logró que se tramitara la creación de la parroquia eclesiástica y política Guanazán, adscrita a la provincia de Loja, hecho ocurrido el 29 de mayo de 1861, mediante Decreto Legislativo.

Pero el optimismo de Don Ubaldino decayó notoriamente ante la delicada situación de su amada esposa Zenaida, mujer activa y llena de salud, que cada vez se iba transformando en el centro de las preocupaciones de la gente que la rodeaba. Nadie sabía de qué ni por qué se enfermó, lo cierto es que la fiebre se apoderó de su pequeño cuerpo. Las mujeres, las más experimentadas, luchaban contra el fuego que salía de las entrañas de Zenaida.

Le frotaban toallas húmedas y hacían limpias con huevos del día y flores del guanduc. Todos los intentos fueron en vano.

Con su rostro visiblemente lacerado por la pesadumbre, Don Ubaldino caminaba por todos los rincones de la casa, y a cada instante preguntaba a sus hijas por la salud de la enferma. Nadie quería responder porque temían lo peor.

Don Ubaldino tomó la decisión de llevarla a Loja para que un médico la atienda, pero Zenaida estaba imposibilitada de cabalgar. La solución fue un negro fiel y fornido que vivía en la casa, quien cargó en su espalda a Zenaida, y acompañado de tres peones a caballo, inició la marcha. Sin embargo, ocurrió que el torrente de la quebrada Santa Ana y la furia del Río Rumicorral, provocados por las intensas lluvias, impidieron avanzar. Intentaron hacerlo hacia Cuenca, pero la caída del puente sobre el río Minas también imposibilitó el traslado.

Zenaida falleció poco tiempo después. Don Ubaldino estaba devastado. Las hijas y todos lloraban desconsoladamente.

Dispuso que algún carpintero se encargue de la caja y que otro vaya a traer al cura de Saraguro; igualmente, que las mujeres arreglen la capilla ardiente.

De pronto corrió el rumor que Zenaida habría muerto contagiada por la fiebre tifoidea, ya que había noticas de otros fallecidos con ese mal en el vecindario. El temor se apoderó de la gente y causó zozobra.

Luego de haberse depositado el cuerpo de Zenaida en el nicho destinado para ella, algunos pobladores se reunieron para deliberar sobre el tormentoso asunto de la fiebre tifoidea, resolviendo que cuatro voluntarios vayan al cementerio, abran la bóveda, extraigan la caja con el cuerpo amortajado, frío y rígido de la fallecida y lo entierren en una zanja lejos de allí. Así lo hicieron en horas de la madrugada. Previamente se colocaron dentro de la ropa ramas de ruda, de altamisa y flores de guanduc para no contagiarse, y bebieron aguardiente hasta que el susto se rinda por nocaut.

Al día siguiente, la más joven de las criadas encontró uno de los zapatos con los que enterraron a Zenaida en la bóveda. Fue una casualidad porque ella observó que el perro daba mordiscos al taco del zapato. Gritaba desesperadamente hasta que Don Ubaldino la escuchó. No podía creer todo lo que había ocurrido. Allí supo también de la preocupación generalizada en el pueblo por la fiebre tifoidea. Estaba completamente derrotado por las circunstancias.  

Ese doloroso episodio recuerda la desdichada suerte de Manuelita Sáenz, quien, una vez fallecido Simón Bolívar, fue perseguida y humillada refugiándose en el Puerto de Paita, al norte del Perú. Cerca de cumplir los cincuenta y nueve años de edad y luego de haber vivido en esa localidad veinte y cinco años, falleció durante una epidemia de difteria que azotó la región. Su cuerpo fue arrojado en una fosa común del cementerio y todas sus pertenencias fueron incineradas para evitar la transmisión de la pandemia.

En Guanazán, la situación se volvió caótica por la fiebre tifoidea que cobró varias vidas. Una comitiva de médicos arribó al lugar para emprender acciones sanitarias urgentes, las mismas que dieron un resultado eficaz con lo cual retornó la tranquilidad al lugar. El cuerpo de Zenaida fue desenterrado de aquella fosa indigna y colocado nuevamente en la bóveda del cementerio con toda la pompa religiosa y el dolor por su partida.   

Don Ubaldino, el hombre con una actividad febril, visionario y que tuvo todo a su alcance, se fue a radicar en Cuenca cansado por los años, agobiado por el inmenso dolor de la tragedia y huérfano de reciedumbre. Allí falleció. Su vasta descendencia en esa ciudad y en Loja se multiplicó conformando varias y distinguidas familias que meritoriamente han venido ocupando un sitial de afecto, consideración y respeto.