Silencio

P. Milko René Torres Ordóñez

Los seres humanos tenemos la capacidad de comunicar, de diversas maneras, lo que escuchamos, miramos o sentimos. La palabra es un medio tan necesario como la luz de un nuevo día. El silencio no es ausencia de signos. Es elocuente. Dice mucho. A partir de él nacen relaciones a las que podemos llamar inmortales y trascendentes. El silencio de Dios es muy constructivo y solemne porque es el mensaje dinámico que nos mueve y desinstala. Mucha literatura ha sido escrita desde el silencio de Belén. José, María, los pastores, los Sabios de Oriente, encarnan, el majestuoso cántico de amor que permite escuchar la voz del infinito. Dios habla de muchas maneras.

Hemos pasado del silencio del pesebre al bullicio de la navidad comercial y de la histeria que ocasiona cada festejo de fin de año y de comienzo del siguiente. En el río Jordán se escucha la voz que confirma, una vez más, que algo nuevo ha empezado. Es Dios quien habla como Creador y Padre: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”. El Dios, Uno y Trino, abre su cielo, como en los días de la creación del hombre, y bendice con toda su gloria al nuevo pueblo. La nueva era de la salvación llega a su plenitud. Entrega su palabra a los hijos de Israel con el anuncio de una Buena Noticia llena de paz por medio de Jesucristo, el Señor de todos. La nueva era de la salvación llega a su plenitud. Aquello que comenzó en la región de Galilea da sentido a una misión que va a transformar el corazón de los hombres con la muerte en la cruz y la victoria en la resurrección. El Dios de la vida nos engendra como sus hijos a través del Bautismo. Todo lo que relatan los escritores del Nuevo Testamento nace en un contexto humilde, profético, silencioso, solidario. San Mateo, de hecho, ha logrado plasmar en un texto cristológico complejo la expectativa mesiánica anunciada por los profetas del Antiguo Testamento y su cumplimiento en una nueva humanidad. Este mundo “nuevo” recibe el don de la fe con el Espíritu Santo. Otra gesta se escribe en el Jordán, el río por el que el pueblo, en un éxodo heroico, entró en la Tierra Prometida, un lugar en el que hay abundancia de alimentos exquisitos. La identidad de este pueblo muy anhelada empieza a consolidarse. El silencio de Jesús es solidario. Él empieza entregar cuanto tiene en su corazón: el amor sin condiciones. El agua de la vieja alianza se convierte en vino nuevo. El silencio de Jesús lo llevó a compartir toda nuestra condición humana, menos en el pecado. No es un pecador, entre tantos, que quiere hacer penitencia. A todos nos enseña la manera de entregar nuevos signos de libertad y de paz. El hombre viejo ha de cambiar su vestidura para revestirse con un ropaje enteramente nuevo. Nuestro Dios, el de la cultura de la vida, habla y nos compromete a hacer un buen examen de conciencia como punto de partida hacia otra versión necesaria en la construcción de un mundo más humano. En la humildad de Jesús el silencio se transforma en himno solemne.