El lenguaje, el cerebro, la otredad y el libro confirman nuestra existencia

Galo Guerrero-Jiménez

El lenguaje, una de las manifestaciones individuales y sociales más trascendentes en el desarrollo del ser humano, ha hecho posible que las diversas inteligencias, consustanciales a cada individuo, le permitan moldear su compostura humana para emitir acciones desde el fluir de su pensamiento personal, el cual se transforma culturalmente hasta llegar a ser lo que cada cual es en los diversos planos en que puede manifestarse para realizar su plenitud humana en los ámbitos en que su vocación, su ocupación y su profesionalización así lo permiten.

Cuidar del lenguaje, prepararse para cultivarlo diariamente, es ampliar nuestra cognición y preparar paulatinamente nuestro psiquismo, desde ese fervor que el lenguaje tiene para acompañarnos en todos los estamentos de la vida y, por ende, de nuestro diario actuar. Pues, el lenguaje es nuestro más ferviente compañero interno; no nos desampara, con él estamos noche y día, hasta en los sueños nos permite decir algo porque está enraizado en la constitución de nuestro ser.

Por supuesto, el lenguaje, como la carta más excelsa de nuestra condición humana, no puede realizarse si no es a través del cerebro. Lenguaje y cerebro confirmar nuestra existencia. El neurocientífico Nolasc Acarín tiene una hermosa reflexión al respecto: “¿Para qué sirve el cerebro?, la respuesta más exacta es decir que sirve para todo. Para amar, para odiar, para andar, para comer, para buscar pareja y procrear, cuidar a los hijos, aprender, memorizar, elaborar cultura, civilización, tener consciencia de lo que somos y del devenir, preguntarnos acerca del entorno y del universo. Para todo esto y mucho más sirve el cerebro. Sin cerebro no habría nada, sin cerebro no hay vida humana. Tenerlo es un privilegio que nos otorgó la evolución mediante la selección natural, aunque haya quien lo ignore o lo use poco” (2018); y esto se evidencia, por ende, a través de la lengua, del pensamiento, del accionar que cada persona ejerce, y en consonancia con los demás, que es a través de los cuales podemos realizarnos.

En este orden, el lenguaje, el cerebro y la otredad confirman nuestra existencia, nuestra cultura, nuestro psiquismo, nuestro raciocinio y nuestro emocionar más sentido; es decir, desde esta realidad nos identificamos como seres humanos. Pues, “la identificación es un proceso que permite al sujeto en construcción tomar algo del otro para su propia realización sin devenir el otro. El psiquismo (…) se construye de lo que recibe (…). Lo cual es natural dentro de un verdadero proceso analítico, dado que el lenguaje permite recibir y transmitir lo heredado haciendo posible al mismo tiempo que cada sujeto pueda pensar lo que posiblemente nunca ha sido pensado. Esto es creatividad y vida psíquica” (Cabrejo Parra, 2020).

De ahí que, es una necesidad vital seguir robusteciendo nuestro lenguaje a través del estudio y de la narrativa y la poética que ejercemos al conversar, al leer, al escuchar y al escribir. En este caso, aparece una vez más, el otro, ese prójimo sin el cual la lengua no podría cumplir con su cometido para robustecer su psiquismo y su andamiaje cultural, y latente al más alto nivel de idoneidad comunicativa en los libros, es decir, en “el alfabeto que fue una tecnología aún más revolucionaria que internet. Construyó por primera vez esa memoria común, expandida y al alcance de todo el mundo. Ni el saber ni la literatura completa caben en una sola mente, pero, gracias a los libros, cada uno de nosotros encuentra las puertas abiertas a todos los relatos y todos los conocimientos” (Vallejo, 2021); puesto que el libro es lenguaje vivo y actuante, emotivo y edificante, sonoro y, ante todo, comunicativo.