Efraín Borrero
Las Madres Conceptas pertenecen a la Orden de la Inmaculada Concepción, una organización religiosa católica cuya característica es la clausura monástica. A lo largo del tiempo ellas se han designado familiarmente con el nombre de Concepcionistas, y la gente las ha llamado tradicionalmente Conceptas. Por supuesto que se han sentido bien. Por lo mismo, hablar de las Monjas Conceptas es referirse a una especie de marca que les confiere identidad.
Cuenta la historia que esta congregación nació bajo la égida de la religiosa portuguesa Beatriz de Silva, a quien la Virgen se le apareció en una revelación en situaciones tormentosas, y le pidió que funde una orden en honor de su Inmaculada Concepción.
Con ese propósito se marchó a territorio español en donde logró materializar tal fundación, contando con la ayuda de Isabel la Católica quien le cedió la Capilla de Santa Fe en la ciudad de Toledo, lugar en el que se estableció junto con once seguidoras.
Beatriz de Silva murió en 1491, pero su generación de monjas concepcionistas tomó la posta hasta lograr que el papa Julio II hiciera oficial una regla propia para esa orden, otorgándoles autonomía completa, lo que favoreció su desarrollo y expansión a otros territorios del viejo mundo y, con la conquista, a los del nuevo mundo.
En efecto, ellas llegaron a lo que hoy es Ecuador y en 1575 fundaron en Quito el Real Monasterio de la Limpia Concepción que, según mi amigo y escritor lojano, Luis Salvador Jaramillo, es el nombre original.
Me comentó que en ese monasterio se han dado innumerables milagros de vida de santidad. Uno de ellos, un caso nada conocido, ya que pertenece a la «vida íntima del convento», fue el de una religiosa cuyo cuerpo se encontró incorrupto en circunstancias que se realizaban trabajos de restauración. Una pared aledaña a una cripta tenía un saliente que impedía uniformizarla para adosar en ella un retablo. Ese saliente correspondía a un sepulcro donde estaba sepultada una religiosa bastante alta, que había vivido en el siglo anterior.
La madre abadesa, viendo que el saliente de la pared impedía continuar con los trabajos, le dijo con autoridad al cuerpo incorrupto de la espigada religiosa: ¡Hermana, en nombre de la santa obediencia recoja los pies! El cuerpo de la religiosa se achicó en el acto y pudieron igualar la pared y continuar con los trabajos.
Pocos años más tarde, en 1596, fundaron en Loja el segundo monasterio con el nombre de Nuestra Señora de las Nieves, lo que evidencia la importancia que por aquel tiempo tuvo Loja y el valor patrimonial de esa edificación. Posteriormente se construyeron los de Cuenca y Riobamba.
Dicha fundación se llevó a cabo con la anuencia del Obispo de Quito, que por aquel tiempo era nuestra máxima autoridad eclesiástica, luego de constatar que había el aporte económico de donantes y limosneros españoles residentes en Loja, tanto para su construcción como implementación. Con ese fondo se adquirió la cuadra comprendida entre las calles que hoy conocemos como Bernardo Valdivieso, 10 de agosto, Olmedo y Rocafuerte, que había sido tasada en tres mil cuatrocientos pesos. Generalmente esos monasterios se construían en lugares cercanos a la plaza mayor.
En toda esa manzana se levantó el monasterio de Nuestra Señora de las Nieves con gruesas paredes de tapia y rodeado de grandes muros, erigiéndose como signo de la identidad cultural y religiosa de los lojanos, y que a esta altura del tiempo muestra sus cuatrocientos veinte y siete años.
José Carlos Arias Álvarez dice que inicialmente vinieron tres hermanas desde el Monasterio de Quito: María, Isabel y Ana de Orosco, monjas profesas que fueron recibidas con alborozo en medio de una solemne procesión.
María de Orosco fungía de abadesa, que quiere decir Superiora con toda la autoridad, jerarquía que se mantiene hasta la actualidad, a la cual siguen las llamadas Discretas, que son personas de confianza, luego el resto de las monjas por antigüedad, y las novicias. En ese orden es que se ubican en el refectorio, una sala utilizada como comedor.
A partir de entonces ingresaron al monasterio algunas mujeres muchas de las cuales eran niñas entre once y doce años. Se dice que algunas ingresaban con sus criadas.
Varias vinieron desde Piura contándose entre ellas a hermanas. Cada una de ellas, con el pelo bien cortado cargaba su arcón, una caja de madera de gran tamaño que contenía su ajuar y la dote de mil pesos.
Cuando Sor Mercedes, mi tía abuela, ingresó al monasterio, a finales del siglo XIX, su madre tuvo que vender una finca para pagar la dote, que en tiempos pasados también se aplicaba para los matrimonios.
Era un requisito imprescindible, por eso se reconoce con entereza que vestir el hábito de Concepta era un privilegio reservado para la gente pudiente. Así fue. Inicialmente abundaban las hijas de los capitanes españoles y oidores. Sin duda que era la manifestación del poder.
Se dice que muy aparte del motivo religioso, el monasterio sirvió también para que los caballeros que viajaban a la selva amazónica en busca de riquezas, dejaran a sus esposas internadas, por sí las moscas.
A lo largo del tiempo, las monjas han venido cumpliendo oficios religiosos de rigor según la “liturgia de las horas”, cada uno de los cuales tiene su denominación, de acuerdo con lo siguiente: Maitines, es un oficio de lectura y se celebra a las tres de la madrugada. Las monjitas se acuestan y nuevamente se levantan a las seis de la mañana para la primera oración matinal a la que llaman Laudes. De allí vienen: Prima, Tercia, Sexta y Nona, que son oficios cortos que se recitan en diferentes horas del día. Para acostarse, que por cierto es en hora temprana, ofician las Vísperas, y aparte rezan un rosario corto y otro que llaman la Coronilla, que es más largo.
Un amigo sacerdote me dijo que esa carga de oficios religiosos y oraciones contemplativas de las monjitas constituyen la muralla espiritual que defiende a la colectividad de los embates de satanás.
Ellas viven felices en su mundo de espiritualidad y de perpetua penitencia, buscando la unión mística con Dios.
Las mujeres que han optado ese camino renuncian y se desprenden del mundo exterior, incluso después de muertas porque tienen su propio cementerio en el interior del monasterio. Juan Carlos Morales dice que en el Monasterio de Riobamba hay una frase en la pared que dice: “Las rejas no están para que nosotras salgamos sino para que ustedes no entren”.
Entre ellas se distribuyen trabajos que realizan con abnegación y obediencia, por ejemplo: en la sacristía, enfermería, ropería, cocina, costura, portería y otros. Una de las tareas importantes es hacerse cargo de la música.
Las monjitas son muy habilidosas. Para su subsistencia elaboran exquisitos dulces, y bebidas aromáticas y medicinales para comercializarlos al público. Recuerdo cuando niño mi querida madre me disponía comprar en el monasterio agua de ámbar, insumo con el cual daba un sabor mágico y exquisito a las “guaguas de pan”. El ingreso era por la portería que daba a la calle Bernardo Valdivieso, a través de una puerta grande de madera. Había que cruzar un amplio patio interior empedrado al clásico estilo colonial hasta llegar al viejo torno con armazón de grueso tablón, divisiones y giratorio.
Parado frente al torno se escuchaba una voz cálida que decía: Ave María Purísima, un saludo solemne religioso, y había que responder: Sin Pecado Concebida; más o menos como un código de acceso.
Si un familiar deseaba conversar con alguna monja ésta lo hacía a través de una celosía, un enrejado tupido hecho con madera delgada puesto en una pequeña ventana, para poder ver a la persona sin ser vista, porque su rostro era reservado a Dios.
Los tiempos han cambiado y la situación en ese monasterio es diferente; ya se las puede mirar de rostro entero sin que lucieran el velo negro que lo cubría. También creo que el acceso es mucho más abierto y sin distinción de clases sociales y posición económica.
Además de su arquitectura interior, el monasterio conserva el museo más importante de la ciudad donde está la base histórica y cultural de Loja, así como preciosas reliquias artísticas existentes desde su fundación. Luis Salvador Jaramillo dice que “el monaquismo es el fundador de la civilización occidental”.
El escritor José Carlos Arias Álvarez, con el auspicio del Municipio y de la Diócesis de Loja, realizó durante algún tiempo una investigación exhaustiva sobre la vida histórica de ese monasterio, basando su trabajo en el invaluable fondo documental que posee y en la visualización de las reliquias artísticas que atesora, cuyo resultado plasmó en su maravilloso y voluminoso libro “La Voz del Monasterio de las Conceptas de Loja”, editado en el 2012.
Lo primero que destaca es el Libro de Fundación del Monasterio de Nuestra Señora de las Nieves, celosamente guardado y considerado el más antiguo de la ciudad. Luego dedica especial interés en la descripción de las obras artísticas que posee, muchas de las cuales son verdaderamente maravillosas y sorprendentes.
Con el título “La voz a través del silencio de las imágenes” nos muestra el valor que ellas representan dentro del acervo cultural de Loja y del país, motivando a los lojanos para visitar el ícono más importante que posee nuestra castellana ciudad.
AN CARLOS MORALES
