Efraín Borrero E.
He sostenido que nuestra querida Loja debe constituirse en una ciudad de eventos, tomando en cuenta que son varios los atractivos que ofrece, pero sobre todo la gama de profesionales que posee y pueden asumir la responsabilidad de su organización. Estoy convencido que es el medio idóneo para fomentar el turismo. Evidentemente me refiero a eventos que, por su calidad, puedan trascender al interés nacional e internacional.
Prevalido de ese convencimiento y del entrañable amor por Loja, tomé la iniciativa de organizar una feria exposición minera, que diseñada técnicamente pueda estar a la altura de las más importantes del país y tenga la solvencia para convocar a grandes empresas nacionales y extranjeras, así como a personas naturales e instituciones públicas.
La idea no era descabellada, aunque pudo haber parecido una utopía. Varios aspectos jugaban a favor: primero, años después de su fundación Loja fue el punto de convergencia de las actividades mineras en Zaruma, Portovelo y Zamora; luego, contábamos con la Cámara de Minería creada recientemente con el apoyo de Jorge Jaramillo Vivanco; y, finalmente, el gobierno nacional había demostrado mucho interés en el tema minero a través del Proyecto de Desarrollo Minero y Control Ambiental (Prodeminca), cuyo objetivo era “modernizar la actividad minera, mejorar su gestión ambiental y generar un mayor conocimiento de los recursos disponibles en el país”.
Con el apoyo de Vinicio Suárez Bermeo, Gobernador de la Provincia, y del Diputado Galo Aguirre Montero, se logró la expedición del Decreto Ejecutivo publicado en el Registro Oficial número 639 del 22 de febrero de 1995, por el cual se creó la “Feria Exposición de la Industria Minera de Loja, que se realizará el 8 de diciembre de cada año en la ciudad de Loja, fecha de aniversario de la fundación de dicha ciudad, encargándose su organización y realización a un Comité Permanente presidido por el señor Gobernador de la provincia de Loja”, según reza el texto.
Con el aval gubernamental conformamos un grupo de trabajo integrado por Diósgrafo Chamba, Eva Salgado Carpio y Fredy Ordoñez. Inmediatamente se integraron Fabián Altamirano y Fernando Torres Durán, un ingeniero geólogo graduado en la Universidad Patrice Lumumba, ubicada en el suroeste de Moscú, llamada actualmente Universidad de Rusia de la Amistad de los Pueblos. Allí también obtuvo la maestría de su carrera profesional.
Con talante y tenacidad nos dedicamos por entero a planificar el evento al que denominamos Expominería95, y a ejecutar las acciones necesarias con el firme convencimiento que “los deseos se alimentan de esperanza”, y que todo lo que hagamos tenía que ser de la mejor manera por el prestigio de Loja. Para ello recibimos el generoso asesoramiento de profesionales entendidos en la temática, como el del distinguido lojano, Agustín Paladines.
Tomamos contacto con las cámaras de minería del país y representantes de empresas mineras. Promocionamos Expominería 95 en las principales revistas internacionales especializadas y en eventos mineros realizados en Canadá y Bolivia.
Fabián Rodríguez Guerrero, Oswaldo Burneo Castillo y Mauricio Romo Molina brindaron su aporte económico, que por cierto fue con lo único que contamos, a fin de asumir los gastos iniciales.
Con ese cúmulo de esfuerzos llegamos al día ocho de diciembre de 1995, fecha de la fastuosa inauguración de Expominería 95 en el recinto ferial, que había sido adecuado en condiciones óptimas. Entre los muchos participantes estuvieron dieciséis importantes empresas mineras de varios países del mundo, cuyas banderas se mantuvieron izadas como signo de fraternidad.
Ese día aterrizó en el aeropuerto de Catamayo el avión que transportó a la comitiva oficial presidida por el Dr. Galo Leoro Franco, Canciller de la República, Ing. Jorge Pareja Cucalón, Ministro de Energía, Minas y Petróleos; el Viceministro de Minas de Bolivia, el Viceministro de Minas del Ecuador, seis embajadores acreditados en nuestro país, y otras importantes personalidades, además de periodistas de los principales medios de comunicación.
En el marco del evento se desarrolló una exitosa rueda de negocios conducida eficientemente por Fredy Ordoñez, y se llevó a cabo la realización de conferencias técnicas al más alto nivel. Una de las más importantes fue la brillante exposición y presentación del proyecto de instalación de la fábrica de cemento en Isimanchi, provincia de Zamora Chinchipe, por parte de Fernando Torres Durán, que concitó mucho interés y fue sumamente aplaudida.
Como consecuencia de este evento internacional, cuyos resultados fueron notorios, se conformó la Junta de Promotores del proyecto minero Isimanchi, declarado de interés nacional en el año 2009, y se creó la Dirección Regional de Minería de Loja.
Cuando concluyó “Expominería95”, quienes habíamos trabajado voluntaria y abnegadamente, nos sentimos dichosos de haber logrado la realización de la Feria Exposición de la Industria Minera de Loja, un acontecimiento único que mereció los mejores comentarios, erigiendo por todo lo alto el orgullo lojano.
Fue en “Expominería95” que conocí a Fernando María Torres Durán, que para entonces frisaba 35 años de edad. Estaba casado con la bella, espiritual y talentosa doctora Mercedes León Ojeda, en cuyo hogar procrearon dos hijos: Fernando Nikolás, ingeniero electrónico, y María Mercedes, psicóloga.
Laboró como docente de la Universidad Nacional de Loja y brindó sus servicios en el Instituto Nacional de Minería (INEMIN). En 1991 inició su trabajo fecundo en la Subcomisión Ecuatoriana (PREDESUR), en calidad de Ingeniero Geólogo, para pronto pasar a ser jefe del Departamento de Geología. A la par se desenvolvió como docente de la Universidad Técnica Particular de Loja, siendo uno de los fundadores de la carrera de ingeniería civil, y luego de geología y minas.
Fernando se sintió plenamente realizado cuando lo asignaron, en calidad de fiscalizador, al proyecto de Riego Zapotillo, que a inicios de 1999 se adjudicó a la empresa Hidalgo & Hidalgo, luego de veinte y cinco años de intenso batallar por parte de los habitantes de esa zona fronteriza, que se debatían entre la desesperación por la sequía que asoló a ese territorio y el sueño de tener agua para sus cultivos.
Puedo decir que dieron en el clavo, porque a Fernando le apasionaba el trabajo de campo y esas tareas las cumplía apasionadamente y con sentido de pertenencia. Comenta Mercedes León que el tema de los ejes y coordenadas del túnel en construcción era lo que lo distraía de la vida familiar, y que sus ojos se iluminaban conversando y analizando el avance de la obra.
En cumplimiento de sus obligaciones laborales tuvo que trasladarse a la ciudad de Zapotillo en jornadas permanentes. Lo único que no encajaba dentro de su vida era la separación familiar, de allí que frecuentemente viajaba a Loja. Cada despedida se transformaba en llanto, dice Mercedes con nostalgia, aunque le quedaba el consuelo de escuchar su voz en las noches, a través de llamadas telefónicas.
Con su corazón que fielmente sigue palpitando de cariño a pesar del tiempo transcurrido, confiesa que cada palabra de Fernando era el aliento para tejer con hilos de oro un puente de amor que acorte las distancias geográficas.
Entre idas y venidas llegó el fatídico día martes quince de junio de 1999, en circunstancias que retornaba a otra jornada de trabajo en Zapotillo: un trágico accidente de tránsito cegó su vida. La infausta noticia se conoció rápidamente en la ciudad de Loja llenando de consternación a su adorada familia y a cuantos tuvimos la dicha de conocerlo.
Por su tesonero trabajo y labor desplegada el gobierno nacional declaró tres días de duelo institucional, y mediante Acuerdo se designó con el nombre de Fernando Torres Durán al campamento instalado en la ciudad de Zapotillo.
En agosto de ese año, con motivo de las fiestas de cantonización de ese hermoso jirón de la patria, se realizó el develamiento de una placa de reconocimiento y se le rindió homenaje póstumo en las instalaciones del campamento, que en la actualidad da cabida a las oficinas del Ministerio de Agricultura y Ganadería.
A lo largo del tiempo, Fernando Torres Durán me brindó su apreciable, sincera y cálida amistad. Lo admiraba por ser un profesional de primer nivel, intachable e íntegro en toda la extensión de la palabra, además de caballeroso como pocos. Su trato afable y respetuoso le confería identidad y sus conversaciones siempre fueron agradables y enriquecedoras.
Lo recuerdo con afecto por haber sido un hombre apasionado por el trabajo y porque a su corta edad ofrendó la vida por una obra fundamental que tiñe de verde una vasta zona de la tierra zapotillana.
