Casa botada

Ruy Fernando Hidalgo Montaño

En una casa abandonada, o como se dice vulgarmente, en una casa botada. Empiezan a hacer su aparición, todo tipo de plagas, como ratas, cucarachas, polillas, la corrosión comienza poco a poco a destruir las estructuras, de lo que otrora fue una elegante y conservada mansión, en la que habitaban gente soñadora, trabajadora, honrada y por sobre todas las cosas dignas. Que se ganaban el pan de cada día de manera honesta, sin perjudicar a nadie, peor aún ni siquiera pensar en dañar el patrimonio de todos, con malas acciones que, en un momento dado, fueran en contra del bienestar ajeno. Claro que no faltaban los consabidos vivarachos, que pretendían aprovecharse de cualquier ocasión, para apoderarse de una que otra cosa ajena, pero lo hacían con disimulo y hasta con un toque de pudor, pues se sabían una minoría que eran mal vistos por una sociedad cuya mayoría tenía valores morales y éticos, que los habían heredado de sus ancestros y trataban de conservarlos a toda costa.

Pero un día, la bonanza sonrío aún más, a las familias que vivían en aquella gran casa. Sostenidos hasta entonces, por lo que producían sus fecundas tierras, es justamente de las profundidades de esa tierra, de donde brotó la nueva riqueza, que fue recibida como un boom extraordinario, que venía a fortalecer la economía de los moradores de la mansión, o al menos eso era lo que se esperaba. Pero lamentablemente no ocurrió así, contradiciendo todos los pronósticos positivos que se tenían al respecto, los grandes recursos provenientes del nuevo tesoro, despertaron también grandes ambiciones y desaforadas codicias, que fueron degradando la conducta y el proceder de la buena gente.

Sin pensarlo dos veces, empezaron a endeudarse de manera desmedida, gastando incluso más de lo que podían pagar. Se peleaban por administrar los flamantes recursos, lo hacían de forma nada equitativa solo complaciendo a los que compartían sus ideas y caprichos, así, de un momento a otro, la riqueza se fue quedando en muy pocas manos, mientras todos los de la casa compartían la ya gigantesca deuda, que seguía creciendo desmesuradamente.

De pronto y sin hacerse esperar asomaron los encantadores de serpientes, que prometían hacer milagros para salvar la casa y no solo eso, sino también pagar la deuda a los acreedores, que entre tanto escogían a su antojo las formas de pago y a delinear las normas que debían observar cada inquilino de la casa, que paulatinamente iba siendo propiedad de ellos. Para colmo se sucedieron guerras, muertes con pinta de asesinatos que acabaron con prometedores líderes de cabeza brillante y sueños elevados, cuya desaparición sigue impune hasta la fecha.

La debacle de la casa tiene su punto declinante con la aparición de un loco, que engatusó con cuentos de sirena, a los pobres de la mansión que para entonces ya eran mayoría aplastante, cuando despertaron del letargo, era demasiado tarde, porque se largó a refugiarse en su madriguera en un sitio lejano. Luego los ahorros de los inocentes e incautos que nuevamente creyeron en otro charlatán, fueron bloqueados y esto causó la salida de la casa, de un montón de sus moradores en busca de mejores horizontes.

Pero la estocada final y casi hasta la gamuza, fue maquinada en diez años en los que increíblemente hubo otra gran ola de bonanza, que solo benefició al equipo de compinches del petulante administrador de la vivienda, que ahora se cae a pedazos, mientras una manada de ratas y mal vivientes corroen sus muros queriendo derrumbarla.

Si, acertaron. Esa casa botada a la que me referido metafóricamente es Ecuador y sus habitantes somos nosotros ¿Permitimos que la derrumben y se lleven lo que queda de bueno? O empezamos a matar las ratas que son miles y están por doquier. Pero la cosa es ya