Yo, Nosotros

Santiago Armijos Valdivieso

Fue en la Feria del Libro de Bogotá acontecida en abril de 2018, cuando, al deambular por los amplios pasillos en los que se arremolinaban miles de lectores, llamó mi atención una gran cantidad de personas agrupadas en una larga fila, quienes, eufóricamente, esperaban turno para abrazar y obtener autógrafos de algún escritor consagrado que no logré identificar. Al presenciar el entusiasta suceso ratifiqué que al igual que otras actividades, como la música o el fútbol, la magia de la literatura también despierta grandes emociones; especialmente, en ciudades como Bogotá, en las que la lectura cautiva a cientos de miles de personas de todas las edades y de todos los estratos de la sociedad. A continuación, me acerqué a la fila de lectores para averiguar el nombre del escritor ovacionado y conocer los títulos de los libros publicados. La respuesta la obtuve de una cordial dama de mediana edad, quien iba acompañada de su hija. Amablemente me dijo: —Se trata de Mario Mendoza Zambrano, escritor bogotano y uno de los mejores novelistas colombianos de los últimos tiempos. A grito pelado por la bullanga, la alegre mujer, agregó: —Si le gustan las historias adictivas, cómprese todos los libros de Mendoza, se los recomiendo. Empiece por “Satanás”, continúe con “Lady Masacre”, siga con “Scorpio City”, luego por “Melancolía de los feos”, y si esas novelas le llegan a agradar, vaya por Relato de un asesino y los Hombres Invisibles. Le di las gracias y ella me respondió un sentido: ¡Con mucho gusto, señor!

Gracias a esa apasionada y oportuna recomendación literaria, casi al instante compré tres libros del autor, y esa misma noche, en el frío cuarto de un hotel bogotano, empecé por el primero que titulaba “Satanás”, novela basada en hechos reales que refiere la vida de Campo Elías Delgado, un colombiano que peleó en la guerra de Vietnam como parte del ejército estadounidense, quien, al regresar a Colombia, y al quedar trastornado por la traumática experiencia del terrible conflicto, se convirtió de a poco, en un abominable criminal que terminó asesinando a muchas personas en el Restaurante Pozzeto, ubicado en el centro de Bogotá. Ese primer contacto con la literatura de Mendoza fue brutal, adictivo, impresionante, gracias a una historia perturbadora bien contada, a través de una prosa fluida y pegajosa.

Desde abril de 2018, he leído con deleite varias obras de Mendoza y la verdad es que todas me han seducido, pero especialmente una: “Los hombres invisibles”, novela que leí en medio de esta pandemia. En la obra se aborda la historia de Gerardo Montenegro, un joven actor bogotano de clase media, afectado terriblemente por el individualismo devorador de las sociedades que se asientan en las grandes urbes, en las que la solidaridad, el bien común, la piedad, la generosidad casi no existen para ceder el paso al reino del “solo yo”, de la insensibilidad, de la indolencia, de la codicia, de la avaricia. Para enfrentar el individualismo que lo afecta, Gerardo hace un viaje épico, luego de haber sido abandonado por su esposa y al haber perdido a sus padres, a la exuberante selva del Chocó y Guaviare para reunirse con la tribu no contactada de los hombres invisibles, en la que descubre que el alcance de la felicidad está en la sustitución definitiva del “yo egoísta” por el “nosotros solidario”.

En palabras de Mendoza, lo dicho se refleja en estas citas que responden a la pregunta: ¿Qué hay más allá de mí mismo?: “Me falta estar entre los demás, gozar de su compañía, servirles, colaborar, saber que no estoy solo, que no soy la clave de nada, sino que hago parte de un todo que me complementa y me engrandece. Y, entonces, por enésima vez, vuelvo y me digo: «Los otros, lo importante son los otros. Nunca más caeré en la trampa del “yo”, del “mí mismo”». Cuando estoy en días así, reflexionando sobre nuestro propio trabajo, me llega a la memoria ese poema de sólo dos palabras que Muhammad Alí dijo ante unos graduandos de la Universidad de Harvard: «Yo, nosotros».”.

A lo mejor ese concluyente “Yo, Nosotros”, sea el dardo que hace falta hundirse en el corazón de la humanidad para hacer de este mundo un mejor lugar para vivir, en el que los niños no tengan que buscar alimento entre la basura, en el que la mayoría de políticos no roben la esperanza de su pueblo y en el que los enfermos no mueran por falta de una pastilla o de un abrazo.