Conocimiento y educación neurolingüística

Galo Guerrero-Jiménez

Los componentes lógico-cognitivos y la pluralidad de emociones que a lo largo de su vida asume toda persona, impregnan una manera específica de conocer, y de conformidad con esa concepción personal, asume una posición psicológico-fenomenológica para relacionarse con la naturaleza y, en especial, con el prójimo, de manera que sea posible una capacidad empática de operaciones mentales que a través del pensamiento y del lenguaje pueda canalizar su mundo interior, su riqueza espiritual, para proyectar lo que él es en su idiosincrasia de ente humano para comunicarse con la más sana racionalidad de su conducta moral o desde las más bajas pasiones que lamentablemente atropellan la dignidad personal y del mundo social humano.


Desde esta perspectiva, se marca un camino de vida o de muerte; esto significa que “del encuentro con el otro se puede salir alegres, serenos, exaltados, gratificados, contentos de haber encontrado la bondad o la sabiduría; pero también se puede salir amargados, tristes, humillados” (Colombero, 1994) dado que, una mala conducta produce estragos de muerte, de desolación, de destrucción psicológica que derivan cerebralmente en alteraciones de la conducta, sobre todo en la parte motora o sensorial y en la forma en que procesa la información proveniente del mundo que lo rodea (Manes y Miro, 2018).

En consecuencia, si un individuo está atropellado en su condición espiritual, no puede reconocer lo que hay de bueno en los demás y, por lo tanto, no puede sembrar semillas de bendición sino de destrucción, es decir, de malas acciones que desembocan en terribles sufrimientos; pues, desde ese estado no le es posible comprender que en la vida cotidiana hay un espacio de salvación cuando se asume una actitud positiva ante la vida, la cual está hecha de esperanza, de lucha constante en las más nobles acciones y de entrega desinteresada a todo semejante. Sin embargo, cuando es posible asumir esta triada de elementos antropológico-simbólicos, el ciudadano se da cuenta que “no tiene más mérito quien más sufre, quien más se aísla o se evade, sino quien más ama” (Parrilla, 2014), es decir, quien más respeta y valora a los demás aceptándolos como son, puesto que “amar es algo más que dar rienda suelta a nuestros sentimientos o a nuestras pulsiones. Es comprometer la vida entera” (Parrilla, 2014) a favor de los demás cuando se asume honradamente el trabajo como servicio y cuando se deja de lado los rencores y las rencillas personales que ningún favor le hacen a quien las padece.

Por supuesto, para que nuestra formación lógico-cognitiva y emocional sea coherente hace falta un espacio de educación bien concebido, armónica y espiritualmente sentido a través de la palabra sabia, ponderada, ética y neuro-educativamente bien asumida. Pues, “en la acción educativa existe plena conciencia del papel central de la educación lingüística para lograr una formación adecuada de la persona e insertarla convenientemente en la comunidad” (Colombero, 1994) a través de la orientación axiológica que se recibe en la familia, en la selección de las amistades honestas y de la vida social cívica y políticamente selecta y, ante todo, en la mediación que pueden brindarnos los buenos docentes que estén preparados intelectual y axiológicamente, y en la lectura voluntariamente asumida de los libros que en actitud dialogante nos permitan “crear y recrear ideas, porque la letra se dibuja en nuestros pensamientos con formas y colores propios. Leer literatura [sobre todo porque] nos acerca a mundos posibles (…) a través de esquemas representativos propios. Vivimos otras vidas, otros mundos, tenemos más opciones” (Bialet, 2018) para madurar intelectualmente y comprometernos más activa y cognitivamente con nuestra realidad socio-educativo-cultural.