Requerimiento vital, las fronteras vivas de la nación

Augusto Costa Zabaleta

Aún retumba en nuestras mentes y en el horizonte, el eco fidedigno, de los discursos y proclamas de la voz inteligente y patriótica de un preclaro e insigne hombre público, germinador elocuente de la nacionalidad y el civismo, que en su corto período de mandato ejemplar, el Abogado Jaime Roldos Aguilera, cuando entre nutridos parámetros de destacado estadista, decía: La Patria y su grandeza, no se la cataloga ni mide, por la hegemonía y prosperidad de su capital, ni la pujanza económica y social de las grandes ciudades, la grandeza de la patria radica en la armonía de las fronteras vivas de la nación.

Que concepción más vital y verdadera de este estadista preclaro del Ecuador, que inmolo su existencia, en el cumplimiento del deber visitando los parajes más recónditos de la patria, las fronteras del sur, las fronteras de la Provincia de Loja, cuyos pueblos fronterizos y sus habitantes, golpeados inmisericordemente por los embates de la naturaleza, por una desolación imprimida por los poderes públicos, por la soledad y lacerante pobreza, carentes absolutos de todos los servicios de salud, educación e infraestructura sanitaria y civiles, están abandonados a su propia suerte y destino, marginados de por vida.

Jamás ha llegado a estos pueblos fronterizos del sur de la Patria, la distribución justa y equitativa del presupuesto nacional, peor la presencia de gobernantes y autoridades centrales, en razón de detectar sus más elementales necesidades, coartando así sus derechos vitales y obligándoles forzosamente a mantener una relación permanente con el vecino país del Perú, desentrañándolos del convivir nacional en el aspecto social, comercial y aun cívico.

Estos ciudadanos del cordón fronterizo del sur de la patria, a pesar de sus paupérrimas condiciones en todos los ámbitos y parámetros, por siempre cumplen con la misión sagrada de vigías de la patria, defensores innatos de la integridad territorial, soldados olvidados, pregoneros, pioneros y elocuentes patriotas sin relevo ni reconocimiento, mucho peor sin recompensa y gratitud, a su ardua y ejemplarizada labor, cuyas vidas transcurren en la más agrestes condiciones, incomunicados en todas las formas, incomprendidos, huérfanos de apoyo, convirtiendo su existencia, su supervivencia, en un dogal, en una vorágine sin redención y en un pedernal holocaustico.