La función narrativa y la voz del lector

Galo Guerrero-Jiménez

Si el cerebro humano está adecuadamente estructurado para procesar mentalmente nuestra circunstancia narrativa, que es de la que estamos hechos neurológica y lingüísticamente, la palabra en cualesquiera de sus variantes comunicativas es la que nos distingue como seres humanos porque nos permite relacionarnos con eficacia y a través de una serie de recursos preestablecidos que nos ayudan a tomar las decisiones más adecuadas desde la creación de actitudes, sensaciones y condiciones favorables que tiendan a disminuir las dificultades objetivas, de manera que sea posible persuadir e influir en los demás (Coque, 2013) desde las diferentes funciones que el lenguaje humano tiene al respecto:

“La función emotiva (cuando queremos expresar nuestros sentimientos), la función apelativa (cuando queremos persuadir al receptor), la función referencial (cuando brindamos información), la función fática (cuando usamos la lengua para comprobar que funciona el canal de comunicación), la función metalingüística (cuando usamos la lengua para hablar de la lengua) y la función poética o estética, en la que cabría todo texto literario, donde incluso las propias palabras pueden independizarse de su significado y funcionar de manera autónoma a partir de su sonidos o grafías” (Padovani, 2014) que en cualesquiera de los géneros literarios esa palabra narrada o contada poéticamente adquiere sus propias connotaciones significativas que el escritor las crea para que el lector aprenda a deleitarse, es decir, a crear su propio goce estético desde la captación cognitivo-receptivo-literal e inferencial, y desde un adecuado procesamiento conciencial de los ámbitos semántico-gramaticales, pragmática y hermenéuticamente asumidos.

Así, por ejemplo, el disfrute de un texto literario, el lector puede asumirlo desde una lectura silenciosa y en abandono de una soledad absoluta, en donde solo se pueda escuchar el ruido del silencio que esa palabra leída emana dulce, estética y gozosamente asumida con entera complacencia personal; o, desde la lectura en voz alta, cuando el lector la asume leyendo él, o cuando la escucha en boca de otro contertulio que puede ser un compañero de aula, un amigo especial, el docente o el padre de familia. En este caso, la oralidad, cumple un papel fundamental en cada puesta en escena que esa palabra literaria puede ser escuchada al pie de la letra o desde la propia interpretación que el lector en voz alta la emite a un público no solo para que los otros sean partícipes de esa escucha, sino para que el propio participante, es decir, el que la verbaliza en voz alta, pueda sentir ese deleite especial, muy propio para disfrutar con el susurro de esa palabra que brota airosa, bien pronunciada y gestualmente asumida desde un ritmo cadencioso y con un sonido agradable al oído, al corazón y a la razón que desde esas circunstancias hace factible un escenario de deleite, de comprensión y de valoración estética que el poder de la palabra en voz alta posee, y todo porque el fragor de la palabra literaria tiene mucha imaginación y mucha memoria desde concepciones muy diferentes a las que tiene el pensamiento lógico-científico o de otras ramas del saber humano. Pues, en la literatura, el escritor o el poeta no tienen “una personalidad que expresar sino que dispone de un particular medio para expresarse, dispone de un lenguaje en el lenguaje, en el cual las impresiones y las experiencias se combinan de una manera peculiar y de modos inesperados” (Marina y Pombo, 2013) que son los que deleitan al lector en el silencio más profundo o desde la oralidad más adecuada.
Desde esta óptica, es decir, la del lector, que lee en silencio o narra en voz alta su propia historia a partir de la historia que escribe el escritor o el poeta, es para sentirse plenamente complacido dado que, como señala Padovani (2014), “contar historias es totalmente opuesto al pensamiento lógico, porque se focaliza en contar particularidades, anomalías, hechos inesperados, para integrarlos a nuestro relato existencial”.